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Verdades
y mentiras de la crisis israelo-palestina
MIGUEL
ÁNGEL MORATINOS
Enviado especial
de la UE en Oriente Próximo.
El
Pais Sábado,
2 de junio de 2001
Se suele
decir que la primera víctima de una guerra es la verdad. Ésta es, sin
duda, la primera certidumbre que observamos en la actual crisis entre
israelíes y palestinos. La primera falsedad procede de quienes afirman
que esta crisis es una guerra, e insisto en ello a pesar de la extrema
gravedad que ha alcanzado en los últimos días, pues no es tanto la
calidad del armamento como la irreversibilidad de la situación el
criterio en que debemos concentrarnos.
Parece como
si el péndulo de la historia nos quisiera recordar periódicamente el
fatalismo inherente de Oriente Medio. La tragedia vivida estos últimos
meses daría la razón a tantos escépticos que nunca creyeron que la paz
y la convivencia fueran posibles en esta parte del mundo. De nuevo, los
instintos más primarios y las reacciones más irresponsables tratan de
imponerse sobre la razón y la visión de futuro.
Tocar la paz
con la punta de los dedos era algo demasiado bello para poder ser
realidad. Imaginar un Oriente Medio postconflicto, soñar con proyectos de
cooperación regional, eran, para muchos pájaros de mal agüero,
ejercicios estériles y académicos. Para todos ellos, la realidad
profunda de Oriente Próximo no estaba preparada para asumir esta
trascendental mutación. Ha bastado una serie de incidentes acumulados
para que de nuevo las identidades asesinas, como diría Amin Maalouff, se
desatasen y cabalgaran sin bridas esparciendo violencia, muerte y
destrucción.
El objetivo
de este artículo no es hacer historia, pero sí tratar de denunciar los
estereotipos que desgraciadamente están siendo hoy divulgados por los
distintos círculos de poder que dan por válidas algunas aseveraciones
que no reflejan, en mi opinión, la verdadera realidad de la crisis.
Como testigo
privilegiado de los últimos episodios de este interminable conflicto, me
siento obligado a contar mi verdad, que no será, por supuesto, absoluta,
pero que sí se apoya en la legitimidad de un profundo conocimiento de los
acontecimientos y sobre todo en una apasionada vocación por la paz. Al
desvelar a mi manera las verdades y mentiras en esta crisis israelo-palestina
creo que todos aquellos que todavía creen que la paz es posible podrán
ver reforzada su posición.
La primera
afirmación es clara. La paz era y sigue siendo posible. Es mentira que
fuera un sueño. Al concluir la negociación de Taba, las partes quisieron
que la UE y su representante especial fueran testigos de los avances que
se habían producido. Del estudio minucioso de esas posiciones se infiere
que existía enorme cercanía en muchas de ellas.
La segunda
afirmación es que es cierto que el primer ministro Barak hizo en Camp
David las concesiones más avanzadas que jamás un primer ministro israelí
había hecho en sus negociaciones con los palestinos. Pero es falso que
estas concesiones fueran suficientes y pudiesen ser aceptadas por el
presidente Arafat. De nada hubiera valido que el líder palestino se
plegara, por ejemplo, a las propuestas israelíes sobre Jerusalén si éstas
no podían ser asumidas por un líder musulmán.
Es verdad
que, después de Camp David, las partes negociaron y acercaron sus
posiciones en muchos de los asuntos conflictivos. Pero es, por ejemplo,
radicalmente falso que se dialogara sobre la posibilidad de que cuatro
millones de palestinos pudieran retornar a Israel. Esta cuestión se
negoció duramente alrededor de los conceptos, como el del Derecho de
Retorno o la responsabilidad histórica, y se estuvo muy cerca del
acuerdo. Lo mismo cabría decir sobre territorio o Jerusalén, donde se
vio que era y es posible llegar a un pacto que respete las necesidades de
cada parte.
Es verdad
que la clase política y la sociedad israelíes han perdido la fe y la
confianza en la Autoridad Palestina en general y en el presidente Arafat
en particular. El grado de violencia sufrido en los últimos meses les ha
confundido y desorientado. Pero es falso y mentira que se pueda salir de
la crisis o lograr un acuerdo final sin la participación y dirección del
presidente Arafat. Es falso que una Autoridad Palestina débil será más
apta para encontrar una salida a la crisis. Por el contrario, es verdad
que un liderazgo palestino reforzado es la mejor vía para adoptar
decisiones difíciles y asumir compromisos históricos.
Para quien
lleva siguiendo el Proceso de Paz desde su inicio es obvio que la
violencia no aporta soluciones. Dicho esto, resulta igualmente obvio que
no puede ser cierto que el cese de la violencia pueda significar por sí
solo el fin de la crisis, una lamentable confusión entre condición y
condiciones; entre ellas no se puede ignorar la necesidad de una solución
política.
La verdad es
que en este momento sólo hay dos hombres que puedan asociarse para hacer
la paz: el primer ministro Sharon y el presidente Arafat. No cabe esperar,
ni manipular, ni ganar tiempo. Tan sólo recuperar la confianza, jugar
limpio y mostrar voluntad política para acabar con la violencia y
continuar una negociación seria del Estatuto Permanente.
Es cierto
que los acuerdos de Oslo han sido positivos y han logrado muchos de sus
objetivos. Pero tampoco debemos sacralizarlos. Estos acuerdos sirvieron
para dar impulso a las negociaciones entre israelíes y palestinos después
de la Conferencia de Madrid. Fueron útiles para abrir las puertas de las
negociaciones. Pero no han sido suficientes. No han logrado cerrar el capítulo
final de la paz.
Pero es
mentira que podamos ahora volver de nuevo al punto de arranque de todo
este proceso como si nada hubiera pasado. No podemos borrar de nuestra
memoria colectiva diez años de intenso trabajo diplomático y político.
Aunque es
verdad que se necesitará un tiempo para recrear la confianza, restañar
las heridas y restablecer unos nuevos mecanismos negociadores, un nuevo
proceso interino sin fecha límite es algo impensable. Los periodos
interinos son algo del pasado. La calle palestina y la dirección política
árabe piden una negociación final, y la propia sociedad israelí debería
a su vez reclamar el final del conflicto. La interinidad sólo aporta
inseguridad, y la mejor garantía de seguridad para Israel sería alcanzar
una paz definitiva con sus vecinos palestinos y árabes.
Es verdad
que toda solución sólo se alcanzará cuando las dos partes decidan
asumir sus propias responsabilidades históricas y se comprometan a tomar
decisiones difíciles. A ellas les corresponde la máxima responsabilidad.
Pero es falso que la comunidad internacional no tenga y no deba
intervenir.
Su
intervención debe ser de impulso y de acompañamiento positivo. De
vigilancia y seguimiento para que la situación no se deteriore o se
modifique negativamente. Toda acción unilateral que cambie el status
quo de los territorios debe evitarse, pues haría imposible en el
futuro un acuerdo político. Debe ponerse fin a la política de
asentamientos.
Es verdad
que Estados Unidos son los principales actores en la región, pero es
falso que puedan ellos solos aportar soluciones definitivas. Es falso que
la UE es sólo el banquero de la zona y que no desempeña un papel político.
Su alto representante, señor Solana, y su enviado especial están cada día
más involucrados en todas las etapas del proceso político.
Desde Europa
no podemos aceptar que se excluya o postergue a largo plazo la búsqueda
de una definitiva formulación de un acuerdo de paz entre Israel y los
palestinos, sirios y libaneses. Sin una paz global no podemos poner punto
final a este proyecto de paz. No basta mantener vivo un proceso, hay que
concluirlo, y cuanto antes. Cuando el humo de las armas y la violencia de
los discursos enmaraña tanto la atmósfera es necesario recordar que el
Proceso de Paz se asienta sobre unos principios claros, el diálogo como
medio de solución y las resoluciones de las Naciones Unidas, reiteradas
en la Conferencia de Madrid, como única referencia. Urge que las partes
dejen de utilizar un lenguaje que confunde a la comunidad internacional,
pero, sobre todo, les lleva a engañarse a sí mismas, y que recuerden y
reiteren estos principios antes de que sea demasiado tarde.
Y es que el
debate de las verdades y las mentiras refleja una falta de confianza entre
las partes que sólo la reiteración de los principios puede permitir
recuperar. Podemos recordar cómo en la antigüedad clásica el
hundimiento de los valores llevó al escepticismo de Pirrón de Elis, que
proponía la abstención del juicio y la opinión, la indiferencia. Sin
embargo, habría que recordar, como hace Platón en el Menón, que
la verdad -la confianza mutua, que es el capital fundamental del Proceso
de Paz- es alcanzable para todos a través de la anamnesis sobre
los principios fundamentales.
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