Artículos de opinión |
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Edward Said Los acontecimientos de las últimas cuatro semanas en Palestina han representando un triunfo casi total para el sionismo en los Estados Unidos por primera vez desde el reciente resurgimiento del movimiento nacional palestino a fines de los 60. El discurso político y público ha convertido a Israel de manera tan definitiva en la víctima de las recientes confrontaciones, que aunque se perdieron 140 vidas palestinas y ha habido unos 5000 heridos, sigue siendo algo llamado "la violencia palestina" lo que ha perturbado el ordenado desarrollo sin complicaciones del "proceso de paz." Actualmente existe una pequeña letanía de frases que todo editorialista repite literalmente o toma como una suposición tácita: han sido grabadas en los oídos, las mentes y las memorias como una guía para los perplejos, un manual o máquina para producir frases que congestionaron el aire durante por lo menos un mes. Puedo recitar de memoria algunas de ellas Barak ofreció más concesiones en Camp David que ningún otro primer ministro israelí anterior (90 por ciento de los territorios y soberanía parcial sobre Jerusalén Oriental); Arafat se acobardó y le faltó el coraje necesario para aceptar las ofertas israelíes para terminar con el conflicto; la violencia palestina, dirigida por Arafat, ha amenazado a Israel (toda clase de variaciones sobre este tema, incluyendo el deseo de eliminar a Israel, antisemitismo, furia suicida a fin de salir en la televisión, colocando a niños en las líneas del frente de manera que se convirtieran en mártires) y ha demostrado que un antiguo "odio" contra los judíos motiva a los palestinos; Arafat es un dirigente débil que permite que su pueblo ataque a los judíos y los incita liberando a terroristas y produciendo libros de texto que niegan la existencia de Israel. Existen probablemente una o dos fórmulas más que no he citado, pero el cuadro general es que Israel está tan rodeado por bárbaros que lanzan piedras, que hasta los misiles, los tanques y los helicópteros artillados que han sido utilizados para "defender" a los israelíes contra la violencia, están simplemente conteniendo una fuerza terrible. Los llamados de Bill Clinton (diligentemente repetidos como un papagayo por su secretario de estado) para que los palestinos se "retiren," refuerzan claramente la idea (que son los palestinos los que están invadiendo territorio israelí, no todo lo contrario. También vale la pena mencionar que esta sionización de los medios ha tenido tanto éxito que no se ha publicado o mostrado en la televisión ni un solo mapa para recordar a los televidentes y lectores estadounidenses –tristemente ignorantes tanto de la geografía como de la historia – que los campamentos, asentamientos, carreteras y barricadas israelíes entretejen la tierra palestina en Gaza y en Cisjordania. Más aún, como sucedió en Beirut en 1982, existe un verdadero cerco israelí contra los palestinos, incluyendo a Arafat y sus hombres. Se ha olvidado por completo, si es que alguna vez se entendió lo que significaba, el sistema de las Áreas A, B y C mediante el cual continúa la ocupación militar del 40 por ciento de Gaza y del 60 por ciento de Cisjordania. El proceso de paz de Oslo en realidad nunca fue planteado para terminar con este sistema, y mucho menos para modificarlo por completo. Como sugiere la ausencia de geografía en éste, el más geográfico de los conflictos, el vacío resultante es un punto de vital importancia, ya que las imágenes que se muestran o describen están siempre fuera de contexto. Pienso que la omisión por parte de los medios sionizados fue deliberada desde el principio y se ha vuelto ahora automática. Se ha permitido que comentaristas farsantes como Thomas Friedman saquen a relucir desvergonzadamente sus mercancías, perorando sobre la ecuanimidad estadounidense, la flexibilidad y generosidad israelí y su propio perspicaz pragmatismo con el cual amonesta a los dirigentes árabes y deja atónitos a sus empachados lectores. Resulta que no sólo se refuerza la noción totalmente absurda de un duradero ataque palestino contra Israel, sino que también se insiste en deshumanizar a los palestinos como bestias sin sensibilidad ni motivos. Así es poco sorprendente que cuando se recitan las cifras de muertos y heridos no se indiquen nacionalidades: logrando que los estadounidenses supongan que el sufrimiento se divide igualmente entre las "partes en guerra", lo que en realidad exagera el sufrimiento judío y reduce o elimina en su totalidad los sentimientos árabes, con la excepción, por supuesto, de la furia. La furia y sus cognados es lo que queda de la emoción palestina y lo que la define. Explica la violencia y, por cierto, la distingue de manera que Israel ha llegado a representar la decencia y la democracia, permanentemente rodeadas por la furia y la violencia. Ningún otro proceso puede explicar lógicamente el lanzamiento de piedras y la inquebrantable "defensa" israelí. No se dice una palabra sobre la demolición de casas, la expropiación de tierras, los arrestos ilegales, la tortura y cosas similares. Menos todavía sobre lo que es (con la excepción de la ocupación japonesa de Corea) la ocupación militar más prolongada en los tiempos modernos; ni se mencionan las resoluciones de la ONU; nada sobre las contravenciones israelíes de todas las Convenciones de Ginebra; nada sobre los sufrimientos de todo un pueblo y la obstinación de otro. Se olvida la catástrofe de 1948, la limpieza étnica y las matanzas, la devastación de Quibia, Kafr Qassem, Sabra y Shatila, los largos años de gobierno militar para los ciudadanos israelíes no judíos, por no hablar de su continua opresión de una minoría perseguida que representa un 20 por ciento de la población del estado judío. Ariel Sharon es, en el mejor caso, un provocador, nunca un criminal de guerra, Ehud Barak es un estadista, nunca el asesino de Beirut. El terrorismo siempre está del lado palestino del cotejo, la defensa del lado israelí. Lo que Friedman y los "pacifistas" pro-israelíes no mencionan cuando alaban la generosidad sin precedentes de Barak, es su verdadera sustancia. No se nos recuerda que su compromiso a realizar una tercera retirada (de un 12 por ciento), hecha en Wye hace 18 meses, nunca fue cumplido. ¿Qué valor tienen entonces "concesiones" de ese tipo? Se nos dice que estaba dispuesto a devolver 90 por ciento del territorio. Lo que no se dice es que se trata de un 90 por ciento de lo que Israel no tiene intenciones de devolver. El Gran Jerusalén constituye más del 30 por ciento de Cisjordania; grandes asentamientos que han de ser anexionados integran otro 15 por ciento; las áreas ocupadas por carreteras militares quedan aún por determinar. Así que después de deducir todo esto, el 90 por ciento del resto ya no es tanto. En lo que respecta a Jerusalén: la concesión sobre la que Israel estaba principalmente dispuesto a discutir y tal vez, sólo tal vez, ofrecer una autoridad compartida era Haram Al-Sharif. La desfachatez increíble del asunto es que todo Jerusalén Occidental (primordialmente árabe en 1948) ya había sido concedido por Arafat, además de la mayor parte de un Jerusalén Oriental ampliamente expandido. Un detalle más: se muestra habitualmente los disparos de armas cortas de los palestinos sobre Gilo como una violencia gratuita, pero nadie menciona que Gilo mismo está situado sobre tierra confiscada de Beit Jala, el sitio desde el que provienen los disparos. Además, Beit Jala fue exageradamente bombardeado por helicópteros israelíes utilizando misiles para destruir casas civiles. He hecho un estudio de los principales diarios. Desde el 28 de septiembre ha habido en promedio entre uno y tres artículos formadores de opinión por día en el New York Times, el Washington Post, el Wall Street Journal, el Los Angeles Times y el Boston Globe. Con la excepción de unos tres artículos escritos desde un punto de vista pro-palestino en el Los Angeles Times, y dos (uno por un abogado israelí, Alegra Pacheco, y otro por un periodista jordano progresista pro-Oslo, Ramy Khoury) en el New York Times, todos los artículos – (incluso aquellos por editorialistas regulares como Friedman, William Safire, Charles Krauthammer y otros como ellos), han sido a favor de Israel, del proceso de paz auspiciado por los EE.UU., y de la idea de que hay que culpar a la violencia palestina, a la falta de cooperación de Arafat, y al fundamentalismo islámico. Los escritores han sido antiguos militares estadounidenses así como funcionarios civiles, apologistas y funcionarios de Israel, especialistas y expertos de gabinetes estratégicos, funcionarios de grupos de presión y organizaciones pro-israelíes. En otras palabras la cobertura total de la prensa nacional se ha hecho bajo la suposición de que no existe, o no vale la pena publicar, una posición palestina o árabe o islámica sobre asuntos tales como las tácticas de terror israelí contra civiles, el colonialismo de los asentamientos, o la ocupación militar. Esto simplemente no tiene precedentes en los anales del periodismo estadounidense, y es un reflejo directo del modo de pensar sionista que hace de Israel el estándar para la conducta humana, excluyendo así de una consideración justa a los de 300 millones de árabes y a los 1.200 millones de musulmanes. A la larga, desde luego, los sionistas se colocan así en una posición suicida, pero es tal la arrogancia del poder que esa idea no parece habérsele ocurrido a nadie. Este modo de pensar es verdaderamente pasmoso en su imprudencia y, si no fuera una deformación tanto práctica como real, uno podría fácilmente hablar de una forma de perturbación mental. Pero se corresponde muy de cerca con la política israelí hacia los palestinos, considerándolos no como un pueblo con una historia de desposeimiento por el que Israel tiene la responsabilidad directa, sino como una molestia periódica, frente a la cual la fuerza constituye la única respuesta, no la comprensión ni un pleno ajuste. Todo lo demás es literalmente impensable. Esta ceguera sorprendente es agravada en los Estados Unidos, ya que a los árabes y a los musulmanes se les da escasa atención excepto para servir (como lo he dicho en un artículo anterior) como el blanco de todo postulante a político. Hace unos días Hillary Clinton anunció en un gesto de la hipocresía más repugnante, que estaba reintegrando una donación de 50.000 dólares de un grupo musulmán-estadounidense porque, dijo, apoyaban al terrorismo; lo que en realidad era una mentira descarada, ya que el grupo en cuestión sólo había declarado que apoyaba a la resistencia palestina contra Israel durante la crisis actual, lo que no es en sí una posición indecorosa, pero es criminalizado en el sistema estadounidense sólo porque un sionismo totalitario exige que toda crítica –y quiero decir toda crítica- de lo que Israel hace, es simplemente intolerable y constituye el más flagrante antisemitismo. Y esto a pesar del hecho de que (de nuevo literalmente) el mundo entero ha criticado las políticas israelíes de ocupación militar, de violencia desproporcionada y de cerco de los palestinos. En los EE.UU. hay que reprimir toda crítica, o uno es perseguido como un antisemita que merece el oprobio más severo. La otra peculiaridad del sionismo estadounidense, que es un sistema de pensamiento antitético y una deformación como sacada de un libro de Orwell, es que es intolerable que se hable de violencia judía, de acciones judías cuando uno se refiere a Israel, aunque todo lo que hace Israel lo hace en nombre del pueblo judío, para, y por parte de, un estado judío. Jamás se menciona que se trata de un estado con un nombre poco apropiado, ya que casi un 20 por ciento de su población no es judía, y también esto lleva a la discrepancia sorprendente, enteramente deliberada, entre lo que los medios llaman "los árabes israelíes" y "los palestinos": ningún lector o televidente podría posiblemente saber que se trata del mismo pueblo dividido en realidad por la política sionista, o que ambas comunidades representan el resultado de la política israelí – apartheid en un caso, ocupación militar y limpieza étnica en el otro. El sionismo estadounidense ha convertido cualquier discusión pública seria sobre Israel, el mayor beneficiario de la ayuda exterior de los EE.UU. de todos los tiempos, su pasado y su futuro, en un tabú que no ha de violarse bajo ninguna circunstancia. Decir que esto es literalmente el último tabú en el discurso estadounidense no es en forma alguna una exageración. El aborto, la homosexualidad, la pena de muerte, y hasta el sacrosanto presupuesto militar, han sido discutidos con cierta libertad (aunque siempre dentro de ciertos límites.) La bandera estadounidense puede ser quemada en público, pero la discusión en público de la persistencia sistemática de 52 años de maltrato de los palestinos es virtualmente inimaginable, una realidad que no puede ver la luz del día. Este consenso podría ser tolerable si no fuera por el hecho de que hace que el continuo castigo y la deshumanización del pueblo palestino se conviertan en una verdadera virtud. Simplemente no hay un pueblo en el mundo cuyo asesinato televisado parezca ser aceptado por la mayor parte de los televidentes estadounidenses como un castigo bien merecido. Pero este es el caso de los palestinos, cuyas pérdidas diarias de vidas en los últimos meses se apilan bajo la rúbrica de "la violencia por ambos lados," como si las piedras y las hondas de los jóvenes definitivamente hastiados de injusticia y represión, fueran una ofensa mayor en lugar de una valerosa resistencia contra una suerte degradante que les es impuesta no sólo por los soldados israelíes armados por los EE.UU., sino por un proceso de paz diseñado para encerrarlos en bantustanes y reservas adecuadas para animales. Que los partidarios estadounidenses de Israel puedan haber conspirado durante siete años para producir un documento planteado esencialmente para encerrar a gente como presos en un asilo o una prisión – es el verdadero crimen. Y que se pretenda hacer pasar esto por paz en vez de la catástrofe que ha sido todo el tiempo, va más allá de mi capacidad de comprensión o de descripción adecuada, como algo que no es más que una grosera inmoralidad. Lo peor de todo es que el muro que protege el discurso estadounidense sobre Israel es tan férreo que ni se puede cuestionar a las mentes que produjeron el proceso de Oslo y que durante siete años han estado presentando al mundo su ardid como si fuera la paz. Es difícil saber qué es más pernicioso, la mentalidad de la persona que ve a los palestinos como gente que ni siquiera tiene el derecho de expresar un sentimiento de injusticia (son una especie demasiado inferior para ello) o aquella que continúa conspirando para agravar su esclavización. Si esto fuera todo sería suficientemente maléfico. Pero nuestro estatus miserable en lo que respecta al sionismo estadounidense se agrava por la ausencia de alguna institución aquí o en el mundo árabe dispuesta y capaz de producir una alternativa. Temo que la cobertura informativa de aquellos manifestantes lanzando piedras en Belén, Gaza, Ramala, Nablus y Hebrón no se refleje de manera adecuada en la vacilante dirección palestina, incapaz de dar un paso atrás o adelante. Es lo más trágico del asunto. 21 de Diciembre de 2000 Traductor: Germán Leyens
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