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Más sobre el sionismo de los EE.UU. - II

Edward Said
ZNet en español

Un pequeño y potencialmente incómodo episodio ha ocurrido desde que escribí mi último artículo sobre este tema hace un par de semanas. Martín Indyk, embajador de los EE.UU. en Israel (por la segunda vez durante la administración Clinton), ha sido repentinamente despojado de su autorización de seguridad diplomática por el Departamento de Estado. La historia divulgada es que utilizaba su computadora portátil sin tomar las medidas de seguridad adecuadas, y que por ello podría haber divulgado o dado a conocer informaciones a personas no autorizadas. Como resultado, ya no puede entrar ni salir del Departamento de Estado sin escolta, no puede permanecer en Israel y debe, ahora, someterse a una investigación en detalle.

Tal vez no sepamos nunca lo que sucedió en realidad. Pero lo que es de conocimiento público y que a pesar de ello no ha sido discutido en los medios es el escándalo que representa en primer lugar el nombramiento de Indyk. En la víspera misma de la inauguración de Clinton en enero de 1993, se anunció que Martín Indyk, nacido en Londres, y ciudadano australiano, había prestado juramento como nuevo ciudadano estadounidense por el deseo expreso del presidente electo. No se siguió el procedimiento apropiado: fue un acto de privilegio ejecutivo perentorio, de manera que, habiendo obtenido la ciudadanía estadounidense Indyk pudo, inmediatamente después, llegar a ser miembro del personal del Consejo Nacional de Seguridad, responsable por el Oriente Próximo. Todo esto, creo, fue el verdadero escándalo, no el subsiguiente descuido o indiscreción de Indyk o incluso su complicidad al hacer caso omiso de los códigos oficiales de conducta. Porque, antes de llegar al corazón mismo del gobierno de los EE.UU. en un puesto clave de manejo en gran parte secreto, Indyk era jefe del Instituto para Política del Oriente Próximo de Washington, un gabinete estratégico cuasi- intelectual involucrado en la defensa activa de Israel, y coordinaba su trabajo con el de AIPAC (Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos, por sus siglas en inglés), el lobby más poderoso y temido en Washington. Vale la pena anotar que antes de que entrara a la administración Bush, Dennis Ross, el consejero del Departamento de Estado que ha estado dirigiendo el proceso de paz estadounidense, fue también jefe del Instituto de Washington, de manera que el tráfico entre los grupos de presión israelíes y la política estadounidense para el Oriente Próximo es extremadamente regular y, además, controlado.

El AIPAC ha sido tan poderoso durante años no sólo porque se basa en una población judía bien organizada, con buenas relaciones, altamente visible, exitosa y rica, sino porque en general se ha encontrado con muy poca resistencia. Hay un temor y un respeto robusto(s) hacia el AIPAC en todo el país, pero especialmente en Washington, donde en cosa de horas casi todo el Senado puede ser movilizado para que firme una carta al presidente en beneficio de Israel. ¿Quién se va a oponer al AIPAC y va a conservar su carrera en el Congreso, o va a defender, digamos, la causa palestina, cuando dicha causa no puede ofrecerle nada concreto al que se atreva a enfrentar al AIPAC? En el pasado uno o dos miembros del Congreso se han enfrentado abiertamente al AIPAC, pero poco después su re-elección fue bloqueada por los numerosos comités de acción política controlados por el AIPAC, y eso fue todo. El único senador que ha hecho algo que se parezca remotamente a una posición de oposición al AIPAC fue James AbuRezk, pero no quería ser re-elegido y, por sus propias razones, renunció después de cumplir su único período de seis años.

No hay en la actualidad un solo comentarista político que presente una resistencia clara y abierta a Israel en los EE.UU. Unos pocos editorialistas liberales tales como Anthony Lewis del New York Times escriben ocasionalmente criticando las prácticas de la ocupación israelí, pero nada se menciona sobre 1948 y todo el problema del desposeimiento de los palestinos que forma la base de la existencia de Israel y de su subsiguiente conducta. En un artículo reciente, el antiguo funcionario del Departamento de Estado, Henry Pracht destacó la sorprendente uniformidad de opinión en todos los sectores de los medios estadounidenses, desde el cine, a la televisión, la radio, la prensa, los semanarios, las publicaciones mensuales, trimestrales y los diarios: todos más o menos siguen la línea oficial israelí, que también se ha convertido en la línea oficial estadounidense. Esta es la coincidencia que el sionismo estadounidense ha logrado desde 1967, y que ha explotado en la mayor parte del discurso público sobre el Oriente Próximo. Así, la política de los EE.UU. equivale a la política israelí, excepto en las ocasiones extremadamente raras (por ejemplo el caso Pollard) en las que Israel va más allá del límite y asume que tiene el derecho de apoderarse de lo que quiera.

La crítica de las prácticas de Israel, por lo tanto, se limita estrictamente a las ocasionales incursiones que son tanto poco frecuentes que literalmente son casi invisibles. El consenso general es virtualmente inabordable y tan poderoso que puede imponer en cualquier lugar la sumisión a la corriente de pensamiento dominante aceptada. Este consenso está compuesto por verdades irrebatibles respecto a Israel como democracia, su virtud básica, la modernidad y lo razonable de su pueblo y sus decisiones. El rabino Arthur Herzberg, un respetado clérigo liberal estadounidense, dijo una vez que el sionismo era la religión secular de la comunidad judía estadounidense. Esto es visiblemente apoyado por varias organizaciones estadounidenses cuyo papel es patrullar el ambiente público a la búsqueda de infracciones, aunque hay otras tantas organizaciones judías dirigiendo hospitales, museos, e institutos de investigación para el bienestar general del país. Esta dualidad es como una paradoja no resuelta en la que nobles empresas públicas coexisten con las más mezquinas e inhumanas. Así, para tomar un ejemplo reciente, la Organización Sionista de América (ZOA), un grupo pequeño pero muy vociferante de fanáticos, pagó un aviso en The New York Times el 10 de septiembre en el que trataba a Ehud Barak como si fuera el empleado de los judíos estadounidenses, recordándole que estos seis millones, superan en número a los cinco millones de israelíes que habían decidido negociar sobre Jerusalén. El lenguaje del anuncio no fue sólo admonitorio, fue casi amenazante, diciendo que el primer ministro israelí había decidido de manera antidemocrática al emprender lo que era un anatema para los judíos estadounidenses, que estaban descontentos con su conducta. No está claro quién instruyó a este pequeño y pugnaz grupo de fanáticos para que sermonearan al primer ministro israelí, pero la ZOA considera que tiene el derecho de intervenir en los asuntos de todo el mundo. Escriben o llaman por teléfono rutinariamente al presidente de mi universidad para pedirle que me despida o me censure por algo que he dicho, como si las universidades fueran jardines de infantes y como si debiera tratarse a los profesores como delincuentes infantiles. El año pasado montaron una campaña para que se me despidiera de mi puesto de elección como presidente de la Asociación de Idiomas Modernos, y sus 30000 miembros fueron sermoneados por la ZOA como si fueran otros tantos imbéciles. Esta es la peor clase de intimidación estalinista, pero es típica del peor ejemplo del sionismo estadounidense más ferviente.

De la misma manera, en los últimos meses, varios escritores y redactores judíos de derecha (por ejemplo, Norman Podhoretz, Charles Krauthammer y William Kristol, para sólo mencionar a algunos de los propagandistas más estridentes) han criticado a Israel fundamentalmente por disgustarles, como si tuvieran más derecho a hacerlo que cualquier otra persona. Su tono en estos y otros artículos es terrible, una combinación repugnante de arrogancia descarada, sermoneo moralizador, y la peor forma de hipocresía, y todo hecho con un aire de confianza total. Asumen que pueden permitirse sus atroces excesos verbales por el poder de las organizaciones sionistas que los respaldan y apoyan sus matracas reprensibles, pero es sobre todo por el hecho de que la mayoría de los estadounidenses o ignoran lo que están diciendo o son silenciados por intimidación, que se pueden permitir este tipo de tonterías en las que muy poco tiene que ver con las realidades políticas del Oriente Próximo. La mayor parte de los israelíes sensatos los contemplan con disgusto.

El sionismo estadounidense ha llegado al nivel de fantasía casi pura en el que lo que es bueno para los sionistas estadounidenses en su feudo y en su discurso fundamentalmente ficticio es bueno para los EE.UU. e Israel, y por cierto para los árabes, musulmanes y palestinos, que parecen ser poco más que una colección de estorbos despreciables. Todo el que se les contrapone o se atreve a enfrentarlos (sobre todo si es un árabe o un judío crítico del sionismo) es sometido al abuso y a los vituperios más terribles, todos personales, racistas e ideológicos. Son implacables, exentos de generosidad o de una comprensión humana auténtica. Decir que sus diatribas y análisis parecen provenir del Antiguo Testamento es insultarlo.

En otras palabras, una alianza con ellos, como la que los estados árabes y la OLP trataron de forjar desde la Guerra del Golfo, es el tipo más estúpido de ignorancia. Están inalterablemente opuestos a todo lo que defienden los árabes, los musulmanes y muy especialmente los palestinos y prefieren detonarlo todo antes que hacer la paz con nosotros. Y, sin embargo, también es cierto que la mayor parte de los ciudadanos comunes a menudo se ven intrigados por la vehemencia de su tono, pero sin comprender realmente lo que se esconde detrás. Cuando uno habla con estadounidenses que no son judíos ni árabes, y que no tienen experiencia en el Oriente Medio, hay rutinariamente un sentido de sorpresa y exasperación ante una semejante actitud incansablemente intimidante, como si todo el Oriente Próximo fuera de ellos. El sionismo en los EE.UU., he concluido, no es sólo una fantasía construida sobre fundamentos muy vacilantes, es imposible llegar a una alianza o esperar un intercambio racional con él. Pero puede ser flanqueado y derrotado.

Desde mediados de los años 80 había indicado a la dirección de la OLP y a cada palestino y árabe que cruzó mi camino que el esfuerzo de la OLP por conseguir que el presidente les escuchara era una ilusión total ya que todos los presidentes recientes han sido sionistas consagrados, y que la única manera de cambiar la política de los EE.UU. y lograr la autodeterminación era a través de una campaña de masas por los derechos humanos palestinos, que llevaría a cercar a los sionistas y alcanzar directamente al pueblo estadounidense. Mal informados pero abiertos a los llamados por la justicia como lo son, los estadounidenses habrían reaccionado como lo hicieron con la campaña del ANC (Congreso Nacional Africano de África del Sur, N.d.T.) contra el Apartheid, que terminó por cambiar el equilibrio de fuerzas en África del Sur. Para ser justos, debiera mencionar que James Zogby, en aquel entonces un enérgico activista por los derechos humanos (antes que se uniera a Arafat, el gobierno de los EE.UU. y el Partido Demócrata), fue uno de los creadores de la idea. El que la haya abandonado por completo es un signo de cómo él ha cambiado, en vez de representar una anulación de la idea misma.

Pero también se me hizo muy claro que la OLP jamás haría esto por varias razones. Requeriría trabajo y dedicación. En segundo lugar, significaría propugnar una filosofía política que estuviera realmente basada en una organización de bases democrática. Tercero, tendría que ser un movimiento más que una iniciativa personal de parte de los dirigentes actuales. Y por último, se necesitaría un conocimiento real y no superficial de la sociedad estadounidense. Fuera de esto, consideré que la mentalidad convencional que nos lleva todo el tiempo de una posición mala a otra, es muy difícil de cambiar, y el tiempo demostró que tenía la razón. Los acuerdos de Oslo fueron la aceptación poco imaginativa de la supremacía israelí-estadounidense por parte de los palestinos, en lugar de constituir un intento de cambiarla.

En todo caso, cualquier alianza o compromiso con Israel en las actuales circunstancias, en las que la política de los EE.UU. está totalmente dominada por el sionismo estadounidense, está condenada a dar los mismos resultados para los árabes en general y para los palestinos en particular. Israel tiene que dominar, los intereses de Israel son supremos, y la injusticia sistémica de Israel se prolongará. A menos que el sionismo estadounidense sea confrontado y obligado a cambiar – lo que no constituye una tarea muy difícil, como trataré de demostrar en mi próximo artículo – los resultados continuarán siendo funestos y degradantes para nosotros como árabes.

20 de Diciembre de 2000

Traductor: Germán Leyens