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Reacción
y marcha atrás
EDWARD
W. SAID
Para los siete millones
de estadounidenses que son musulmanes (de los que sólo dos millones son
árabes), y que han vivido la catástrofe del 11 de septiembre y su dura
resaca, éstos están siendo unos tiempos inquietantes, especialmente
desagradables. Además del hecho de que varios árabes y musulmanes han
sido víctimas inocentes de atrocidades, hay un ambiente de odio casi
palpable contra este grupo, que se manifiesta bajo diversas formas. George
W. Bush alineó inmediatamente a Dios con Estados Unidos, declarando la
guerra a los 'tipos' -a los que ahora, como él dice, se los quiere vivos
o muertos- que perpetraron los terribles hechos. Ello significa, como no
es necesario recordar a nadie, que Osama Bin Laden, el esquivo fanático
musulmán que, para la inmensa mayoría de los estadounidenses, representa
al Islam, ha pasado a ocupar el centro del escenario. La televisión y la
radio pasan casi incesantemente fotos de archivo e informes enlatados del
tétrico extremista (antiguo playboy, según dicen), así como las
de las mujeres y niños palestinos sorprendidos mientras 'celebraban' la
tragedia estadounidense.
Lumbreras y
presentadores de televisión hablan sin parar de 'nuestra' guerra contra
el Islam, y palabras como 'yihad' y 'terror' han hecho que aumente
un miedo y rabia comprensibles que parecen haberse extendido por todo el
país. Dos personas (una de ellas, un sij) han muerto ya a manos de
ciudadanos enfurecidos, al parecer animados por comentarios como los del
funcionario del Departamento de Defensa Paul Wolfowitz al que se le han
pasado por la cabeza cosas tales como, literalmente, 'acabar con los países'
y atacar con armas nucleares a nuestros enemigos. Se ha insultado a
cientos de tenderos, estudiantes, mujeres con pañuelo y ciudadanos
corrientes, musulmanes y árabes, mientras que por doquier brotaban
carteles y pintadas anunciando su muerte inminente. El director de la
organización árabe-estadounidense más importante me ha dicho que recibe
una media de 10 mensajes a la hora con insultos, amenazas y ataques
verbales que hielan la sangre. Una encuesta de Gallup publicada el 24 de
septiembre afirma que el 49% de los estadounidenses dijo sí (el 49% dijo
no) a la idea de que los árabes, incluidos los ciudadanos
estadounidenses, deberían llevar una identificación especial; el 58%
exige (el 41% no) que los árabes, incluidos los ciudadanos
estadounidenses, deberían ser objeto de controles de seguridad
especiales.
Pero la belicosidad
oficial ha ido disminuyendo lentamente a medida en que George W. descubre
que sus aliados no son tan poco comedidos como él y (sin duda) cuando
alguno de sus consejeros -sobre todo Colin Powell, que es el que parece el
más razonable con diferencia- le insinúa que invadir Afganistán no es
tan sencillo como enviar allí a los grupos paramilitares de Texas, e
incluso cuando la confusísima realidad que él y su personal se han visto
obligados a aceptar, borra la necia imaginería maniquea del bien contra
el mal que había estado manteniendo en nombre de su pueblo. Comienza un
retroceso perceptible de la escalada, a pesar de que no dejan de llegar
informes sobre el acoso de la policía y del FBI a los musulmanes. Bush
visita una mezquita de Washington; hace un llamamiento a los líderes de
la comunidad y el Congreso para moderar los discursos de odio; comienza al
menos a intentar hacer distinciones retóricas entre 'nuestros' amigos árabes
y musulmanes (los de siempre: Jordania, Egipto y Arabia Saudí) y los
terroristas aún no descubiertos. En su discurso ante la sesión plenaria
del Congreso, Bush dijo que Estados Unidos no estaba en guerra contra el
Islam, pero desgraciadamente no dijo nada acerca de la oleada creciente,
tanto de incidentes como de retórica, que ha acosado en todo el país a
musulmanes, árabes y gente con pinta de ser de Oriente Próximo. Powell
manifiesta aquí y allí su disgusto con Israel y Sharon por aprovecharse
de la crisis oprimiendo aún más a los palestinos, pero la impresión
generalizada es que la política de Estados Unidos mantiene el mismo rumbo
de siempre, sólo que ahora parece que lo que se prepara es una gran
guerra.
En la esfera pública
hay muy poco conocimiento positivo de los árabes y del Islam al que
recurrir para contrarrestar esas imágenes enormemente negativas que
flotan por todas partes: los estereotipos de un pueblo lujurioso,
vengativo, violento, irracional y fanático persisten. Palestina es una
causa que no ha captado aún la imaginación, y todavía menos desde la
conferencia de Durban. Incluso en mi universidad, merecidamente famosa por
su diversidad intelectual y por la heterogeneidad de sus estudiantes y
profesorado, rara vez se ofrece un curso sobre el Corán. History of
the arabs, de Philip Hitti -con diferencia, el mejor libro en inglés
de un solo tomo sobre el tema-, está descatalogado. La mayor parte de lo
disponible es polémico y adverso: los árabes y el Islam son motivo de
controversia en vez de temas culturales y religiosos como otros. Las películas
y la televisión están repletas de terroristas árabes terriblemente poco
atractivos y de mente sanguinaria; y existían antes de que los
terroristas de las Torres Gemelas y el Pentágono secuestraran los aviones
y los convirtieran en instrumentos de una matanza en masa que apesta más
a patología criminal que a religión alguna.
En los medios impresos
parece haber una campaña atenuada para introducir a martillazos la tesis
de que 'ahora todos somos israelíes', y que los ocasionales hombres-bomba
suicidas palestinos son prácticamente lo mismo que los ataques a las
Torres Gemelas y el Pentágono. Por supuesto, en este proceso, la opresión
y desposesión de Palestina se han borrado de un plumazo de la memoria;
como también se han borrado las múltiples condenas de muchos palestinos
a los bombardeos suicidas, incluida la mía. El resultado es que cualquier
intento de situar el horror de lo que ocurrió el 11 de septiembre en un
contexto que incluya las acciones y la retórica de EE UU es atacado o
rechazado por considerar que justifica el bombardeo terrorista.
Esta actitud es
desastrosa intelectual, moral y políticamente, pues la ecuación que
iguala comprensión con justificación es profundamente errónea. Lo que
la mayoría de los estadounidenses encuentran difícil de creer es que las
acciones de Estados Unidos como nación en Oriente Próximo y en el mundo
árabe -su apoyo incondicional a Israel; las sanciones contra Irak, que
han perdonado a Sadam Husein y condenado a cientos de miles de iraquíes
inocentes a la muerte, la enfermedad y la desnutrición; el bombardeo de
Sudán; la 'luz verde' de Estados Unidos para la invasión de Líbano por
Israel en 1982 (durante la cual perdieron la vida casi 20.000 civiles,
además de las masacres de Sabra y Chatila); la utilización de Arabia
Saudí y del Golfo generalmente como si fueran un feudo privado de Estados
Unidos; el respaldo a los regímenes represores árabes e islámicos- han
causado profundo resentimiento y se ven, y no es tan incorrecto, como
acciones en nombre del pueblo estadounidense. Hay una diferencia enorme
entre aquello de lo que el estadounidense medio es consciente y las políticas,
a menudo injustas y despiadadas que, tanto si son conscientes de ello como
si no, se emprenden en el exterior. Cada veto de Estados Unidos a una
resolución del Consejo de Seguridad de la ONU condenando a Israel por los
asentamientos o el bombardeo de civiles puede ser dejado de lado por los
habitantes de Iowa o Nebraska como acontecimientos sin importancia y
probablemente correctos; mientras que para un ciudadano egipcio, palestino
o libanés hieren al máximo y se recuerdan con enorme precisión.
Dicho de otra manera,
hay una dialéctica entre las acciones concretas de Estados Unidos, por un
lado, y las consiguientes actitudes hacia Estados Unidos, por el otro, que
tiene muy poco que ver con la envidia o el odio a la prosperidad, la
libertad y el éxito mundial de Estados Unidos. Más bien al contrario,
todos los árabes o musulmanes con los que yo he hablado expresaban su
perplejidad ante el hecho de que un país tan extraordinariamente rico y
admirable como es Estados Unidos (y con individuos tan agradables como los
estadounidenses) se haya comportado internacionalmente con tan desalmado
desprecio por los pueblos menores. También es seguro que muchos
musulmanes y árabes son conscientes de la influencia en la política
estadounidense que tiene el lobby proisraelí y del terrible
racismo y las diatribas de publicaciones proisraelíes como The New
Republic o Commentary, por no hablar de los analistas sedientos
de sangre como Charles Krauthammer, William Safire, George Will, Norman
Podhoretz y A. M. Rosenthal, cuyas columnas expresan normalmente odio y
hostilidad hacia los árabes y musulmanes. Se encuentran generalmente en
las páginas de los medios de comunicación principales (por ejemplo, en
las páginas de The Washington Post), donde todo el mundo pueda
leerlas, en lugar de estar escondidas en las últimas páginas de
publicaciones marginales.
Así que estamos
atravesando un periodo de sentimientos turbulentos y volubles y de
profundo recelo, con una promesa de más violencia y terrorismo dominando
las conciencias, especialmente en Nueva York y Washington, donde las
terribles atrocidades del 11 de septiembre siguen estando muy vivas en la
conciencia pública. Yo lo percibo claramente, como les sucede a todos los
que me rodean.
Pero resulta alentador
que, a pesar de la terrible actuación de los medios en general, está
surgiendo lentamente la disensión, las peticiones de resolución y acción
pacífica, y se va extendiendo, aunque aún de forma muy esporádica, una
demanda de alternativas a más bombardeos y destrucción. Este tipo de
pensamiento es, en mi opinión, muy digno de ser señalado. En primer
lugar, se ha manifestado ampliamente la preocupación por lo que podría
suponer una erosión de las libertades civiles y del derecho a la
intimidad ante la exigencia del Gobierno de disponer de la facultad para
pinchar teléfonos, arrestar y detener a personas de Oriente Próximo bajo
sospecha de terrorismo y, en líneas generales, para inducir un estado de
alarma, sospecha y movilización que podría conducir a una paranoia
parecida a la de los tiempos de McCarthy. Dependiendo de la lectura que
cada uno le dé, el hábito estadounidense de colgar la bandera en todas
partes puede parecer patriótico, por supuesto, pero el patriotismo puede
conducir a la intolerancia, a los crímenes por odio y a todo tipo de pasión
colectiva desagradable. Numerosos analistas lo han advertido y, como ya he
dicho, hasta el presidente dijo que 'nosotros' no estamos en guerra contra
el Islam o los musulmanes. Pero el peligro está ahí, y ha sido
debidamente señalado por otros expertos, cosa que me complace decir.
Segundo, ha habido
muchos llamamientos y reuniones para tratar el tema de la acción militar
que, según una encuesta, el 92% de los estadounidenses parece desear. Sin
embargo, como la Administración no ha especificado con exactitud cuáles
son los objetivos de esta guerra ('erradicar el terrorismo' es más metafísico
que real), ni los medios, ni tampoco el plan, hay una considerable
incertidumbre con respecto adónde nos dirigimos militarmente. Pero, en
general, la retórica se ha hecho menos apocalíptica y religiosa -la idea
de una cruzada ha desaparecido casi por completo- y se ha centrado más en
lo necesario por encima de palabras genéricas como 'sacrificio' y 'una
larga guerra, distinta de todas las demás'. En universidades, colegios,
iglesias y lugares de reunión hay muchos debates sobre cuál debería ser
la respuesta. Incluso he oído decir que algunas familias de las víctimas
han dicho en público que no creen que la venganza militar sea una
respuesta adecuada. El asunto es que en general se reflexiona acerca de lo
que debería hacer Estados Unidos, pero siento tener que informar de que
no ha llegado aún el momento de un examen crítico de la política de
Estados Unidos en Oriente Próximo y el mundo islámico. Espero que llegue
algún día.
Ojalá que algunos
estadounidenses más, así como gente de otros países, se dieran cuenta
de que, a la larga, la principal esperanza para el mundo es esta comunidad
de conciencia y comprensión, de que tanto la protección de los derechos
constitucionales como el abrir los brazos a las víctimas del poder
estadounidense (como las de Irak), o confiar en la comprensión y en el análisis
racional, podemos hacerlo mucho mejor de lo que lo hemos hecho hasta
ahora. Por supuesto, ello no conducirá directamente a un cambio de política
hacia Palestina, o a un presupuesto de defensa menos sesgado, o a unas
actitudes más ilustradas respecto al medio ambiente y la energía; pero
¿dónde si no en esta decente marcha atrás puede caber la esperanza?
Puede que este grupo de opinión crezca en Estados Unidos, pero, hablando
como palestino, también debo tener la esperanza de que esté surgiendo un
grupo semejante en el mundo árabe y musulmán. Debemos empezar a pensar
en nosotros como responsables de la pobreza, ignorancia, analfabetismo y
represión que dominan nuestras sociedades, males que hemos
permitido crecer pese a nuestras quejas sobre el sionismo y el
imperialismo. ¿Cuántos de nosotros, por ejemplo, nos hemos manifestado
honesta y abiertamente a favor de una política laica y hemos condenado el
uso de la religión en el mundo islámico de forma tan contundente y seria
como hemos denunciado la manipulación del judaísmo y del cristianismo en
Israel y Occidente? ¿Cuántos de nosotros hemos denunciado todas las
misiones suicidas como inmorales y equivocadas, incluso a pesar de los
estragos de los colonos y el inhumano castigo colectivo? No podemos seguir
escondiéndonos tras las injusticias que se han cometido contra nosotros,
ni tampoco seguir lamentando pasivamente el apoyo estadounidense a
nuestros impopulares líderes. Hay que dar a conocer una nueva política secular
árabe, sin justificar ni apoyar ni un solo momento la militancia de gente
que desea matar indiscriminadamente (es una locura). Hay que acabar con la
ambigüedad sobre ese punto.
Durante años he estado
afirmando que nuestras principales armas como árabes no son militares,
sino morales, y la única razón por la que -a diferencia de la lucha
contra el apartheid en Suráfrica- la lucha palestina por la
autodeterminación no ha captado la imaginación del mundo es que no
parece que tengamos claros nuestros objetivos y nuestros métodos, y que
no hemos definido de un modo suficientemente inequívoco que nuestro propósito
es la coexistencia y la inclusión, no el exclusivismo y el retorno a algún
pasado mítico e idílico. Ha llegado el momento de dejarnos de
contemplaciones y ponernos inmediatamente a examinar, a reexaminar y a
reflexionar sobre nuestra propia política como tantos estadounidenses y
europeos están haciendo ahora. No debemos esperar menos de nosotros de lo
que esperamos de otros. Quisiera que todo el mundo se tomase tiempo para
ver adónde nos están llevando nuestros líderes y por qué motivo. El
escepticismo y la reconsideración son una necesidad, no un lujo.
Edward W. Said
es ensayista palestino, profesor de literatura comparada en la Universidad
de Columbia, NY.
33 de
octubre de 2001
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