Articulo de opinión

Una larguísima Intifada

 

Pedro Martínez Montávez
El Mundo, 12 de octubre

¿Cuándo se reconocerá por fin, que el movimiento nacional palestino tiene su propia y específica dinámica de permanencia y de mantenimiento, y no se mueve sólo a impulsos de erupciones súbitas, de levantamientos episódicos? ¿Cuándo se reconocerá por fin que es esa voluntad irrenunciable de permanencia, a pesar de todas las enormes dificultades a las que se viene enfrentando y de los bruscos giros a los que se ve sometido desde hace ya mucho tiempo, la que le proporciona precisamente su sustancia y su identidad, las que le hacen ser lo que es y como es?

Hasta que esto, tan simple y elemental, no se reconozca definitivamente, muchos de los análisis y evaluaciones que se efectúen del conflicto palestino-israelí, de los diagnósticos que se establezcan y, lo que seguramente es aún más grave, muchas de las soluciones que se propongan, serán erróneos e inútiles, en su totalidad o en su mayor parte. Como ha venido ocurriendo hasta ahora. Escribe Bichara Khader con acierto: «Desde 1987, el mundo aprendió una nueva palabra árabe: Intifada, que significa levantamiento [...]. La Intifada palestina no debe ser interpretada como un simple episodio de una guerra en la que se enfrentan palestinos e israelíes desde hace 40 años. Constituye una ruptura histórica, un giro decisivo en las relaciones entre palestinos e israelíes». Efectivamente, los sucesos acaecidos hace 13 años no fueron un simple episodio pasajero ni una respuesta transitoria, como tampoco lo son los sucesos de hoy. Hay en realidad una continuidad que subyace a las distintas fases y acontecimientos y los vertebra. Desde bastante antes de la primera Intifada seguramente, y hasta bastante después también seguramente -por desgracia- de la ya denominada segunda Intifada o Intifada de Jerusalén.

Los puntos de semejanza entre ambos acontecimientos son numerosos y evidentes; y hasta la distancia cronológica que entre ellos existe permite esgrimir asimismo el argumento del posible relevo generacional como renovado acicate y soporte del levantamiento. Todo esto parece indudable, pero se queda sólo en el comentario inmediato, en la explicación de urgencia. Conflictos tan prolongados, inestables y complejos como el palestino-israelí exigen que se insista también en las causas y fundamentos que los originan y mantienen, y no sólo en los motivos circunstanciales que vienen a agitarlos periódicamente; hay que volver siempre a la naturaleza del conflicto y a la vez mencionar su coyuntura.

El ejemplo y la distinción quedan así claramente establecidos y trabados: el provocador alarde de Ariel Sharon en la explanada de las mezquitas aparece como el motivo circunstancial, como la causa inmediata, pero es sólo derivación de la causa profunda, fundamental y original del conflicto: la ocupación israelí de la tierra palestina. La indecente incursión de Sharon es circunstancia y momento; la ocupación es naturaleza y duración. Cuando se trata la cuestión palestina y el movimiento nacional que genera, afirmar y recordar estas cosas no es retórica inconsistente, sino exigencia rotunda y necesaria.

La resistencia a la ocupación empezó en realidad bastante antes de que esta ocupación fuera un hecho, es decir, antes de la fundación del Estado de Israel. Como contra Palestina se ha intentado también, calculada e implacablemente, la erradicación de la memoria y la anulación del pasado, hay que volver a repetir estas cosas de vez en cuando. El pueblo palestino está siendo, en realidad, el protagonista de una larguísima Intifada que ha pasado ya por diferentes etapas y representaciones. Olvidar este hecho básico es desfigurar, empequeñecer, decapitar la verdad. No quiero decir con esto que las diversas manifestaciones concretas de resistencia acaecidas a lo largo de las fases sucesivas sean iguales en actuación y en resultados, pero sí que responden a una misma y única aspiración y se vertebran en una continuidad esencial e inquebrantable.

Se trata de un movimiento nacional que va consolidándose y configurándose a medida que va resistiendo y haciendo frente a la ocupación de su propia tierra. Escribí hace unos años, y me reafirmo en ello, que la Intifada de 1987 resultaba, en última instancia, la formidable reactualización y extensión de una tónica de movimientos populares de oposición y protesta mantenidos ya desde las décadas de los años 20 y 30. Así, los años 1920, 1925 y 1928 constituyen precedentes de los tumultos de 1929, y en especial de la gran revolución de 1936, que se manifiesta ya como movimiento popular de amplia base y de naturaleza interclasista. La Intifada de ahora confirma y prolonga de nuevo toda esa antigua trayectoria larga, cambiante y convulsa, pero también firme y mantenida, irrenunciable.

¿Cuáles son las partes directamente enfrentadas? Esto queda ya suficientemente claro y comprobado, a pesar de los abundantes matices menores y de los pequeños detalles complementarios que siempre cabe añadir. Se trata del pueblo palestino y del ejército israelí. Es decir, dos conjuntos en nada comparables, en nada correspondientes ni equiparables. El segundo posee una aplastante fuerza material; mientras, el primero es dueño -lo sabe muy bien y ello constituye su garantía y fortaleza- de una inmensa fuerza moral. Se repite en los medios una y otra vez, con propósito digno de mejor causa, que se producen enfrentamientos entre palestinos e israelíes. La expresión es formalmente correcta, pero no rigurosamente exacta, y puede introducir además unas supuestas nociones de equivalencia que alteran la realidad, perjudicando sin remedio a una de las dos partes: el pueblo palestino.

¿Ha oído hablar alguien de carros de combate palestinos, de helicópteros palestinos, de complejas armas e imponentes unidades de combate palestinas? ¿Se ha contrastado el número de muertos, heridos y prisioneros habidos en cada bando? A mí me parece repugnante servirse de esta tendencia a la necrofilia, y por eso no entro en el detalle, pero me parece también absolutamente obligado señalarlo.

Hace 30 años, Abdelwahhab al-Kayali inició el prólogo de su Historia moderna de Palestina (Beirut, 1970) con una frase que, traducida literalmente del original árabe, dice así: «En Palestina conocieron los árabes la cumbre del desafío, y sobre la tierra de Palestina se decidirá el futuro árabe». Esta es otra de las dimensiones básicas de la cuestión, y sigue teniendo también plena vigencia.

 

Pedro Martínez Montávez es arabista y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid.