|
Odio
y tolerancia en Palestina
EMILIO
MENÉNDEZ DEL VALLE
Vicepresidente de la Delegación para Palestina del
Parlamento Europeo
El Pais 23 de Mayo de 2001
Viajo con cierta frecuencia a la Palestina ocupada. Para evitar
reticencias, aclaro de entrada la intencionalidad de la expresión. Con
ella no cuestiono la legitimidad del Estado de Israel nacido hace medio
siglo por voluntad de Naciones Unidas. Sin embargo, señalo que la
Autoridad Nacional Palestina tiene, a la fecha, jurisdicción únicamente
sobre una quinta parte de los territorios cuya devolución estipularon los
acuerdos de Oslo, que, como acertadamente acaba de recordar en este periódico
Maruja Torres, fueron hechos 'a medida de Israel, no a la de las justas
reivinicaciones del pueblo oprimido'. Recuerdo, además, que esa quinta
parte constituye, a su vez, tan solo un quinto del territorio de la
Palestina histórica.
La ofensa se agiganta si se tiene en cuenta que los generosamente
denominados territorios autónomos de Gaza y Cisjordania están a su vez
invadidos por una peculiar metástasis. Me refiero al sinfín de
asentamientos judíos, muchos de ellos controlados por colonos
extremistas, estratégicamente ubicados en o contiguos a zonas palestinas
y cuya misión es de punta de lanza, de provocación cotidiana o
simplemente la de hacer inviable un Estado palestino racionalmente
configurado.
El pasado 25 de enero me hallaba, en compañía de otros
parlamentarios europeos, a unos centenares de metros de una de esas
colonias, en Jan Yunis, sur de la franja 'autónoma' de Gaza, rodeados de
la chiquillería palestina recién salida del colegio de al lado. Sin
piedras, sólo con libros, curiosos ante nuestra presencia, nos hacían
preguntas. Algún o algunos colonos judíos, probablemente imbuidos de
similar curiosidad, decidieron manifestarla con disparos, probablemente al
aire, pero suficientes para obligar a niños palestinos y adultos europeos
a poner pies en polvorosa. Sin duda se trataba de la reglamentaria
provocación de ese día, que, tal vez por ser jueves, fue de carácter
suave.
El pueblo palestino, en su historia reciente, ha padecido y padece
colonización, expulsión, explotación. Masacre, miseria, ocupación.
Alienación. Decepción, frustración, rebelión, miedo, terror, odio.
Sobre esta permanente y penosa condición -soportada individual y
colectivamente durante décadas- gravitan algunos elementos que la hacen
todavía más indeseable. La sociedad palestina -desarticulada,
fragmentada, desquiciada- persigue constituirse en Estado no sólo para
vertebrar su dignidad nacional, sino también, simplemente, para acceder a
derechos y servicios que únicamente una entidad estatal puede dispensar.
Hasta hoy, tal afán ha sido -con ausencia de inteligencia política-
bloqueado por Israel, con la complicidad y la falta de vergüenza política
de la peculiarmente denominada 'comunidad' internacional, también
conocida como Occidente.
Así las cosas, tres cuestiones emponzoñan aún más el panorama:
el ansiado retorno a su tierra de varios millones de palestinos que viven
exiliados desde 1948 o 1967 (derecho negado por Israel); la soberanía
sobre la parte oriental de Jerusalén, de siempre árabe, y las
mencionadas colonias judías. Se comparta o no, puede entenderse la
preocupación israelí por la amenaza demográfica que, según su percepción,
entrañaría un regreso masivo de palestinos a la zona. De ahí que los
acuerdos de Oslo asumieran que ese tema, como el de Jerusalén Este, hoy
ocupado por Israel, fuera postergado para el final de las negociaciones.
Pero ¿qué razón existe -salvo la de la fuerza y la agresión que ya he
comentado- para empeñarse en mantener los asentamientos? Ninguna que se
sostenga mínimamente. Algo que afortunadamente comparten significativos y
amplios sectores de la opinión pública israelí. Uno de los casos más
absurdos y de más flagrante provocación lo constituyen los asentamientos
de Beít Hadassah y Tel Rumeida (apenas unos centenares de colonos judíos)
en el corazón de la populosa ciudad 'autónoma' de Hebrón (cien mil árabes).
El prestigioso diario israelí Haaretz, tras recordar que se trata
de colonias ilegales retroactivamente aprobadas por los sucesivos
Gobiernos judíos, escribe que 'fueron provocaciones deliberadas contra la
población árabe... espinas para los palestinos, cargas para el Ejército
y, para muchos israelíes, obstáculos en el camino hacia la paz' (Evacuate
the Jews of Hebron, 3-4-2001). Si los distintos Gobiernos laboristas
-en principio, más proclives a tratar con los palestinos- no han podido,
sabido o querido zanjar un tema causante de tanta indignación, frustración
y rencor, hay que imaginar lo que se puede esperar del Gobierno Sharon que
tan pedagógicamente está mostrando su condición y cualidades para
abordar éste y otros asuntos.
Éstas son las coordenadas de un largo conflicto del que hoy no se
vislumbra solución a corto o medio plazo y en el que -por la enorme
desigualdad de recursos materiales de los contendientes y por el abusivo y
desproporcionado uso de la fuerza que uno de ellos hace- los palestinos
llevan, por ahora, las de perder. Resulta improbable que se logre a corto
plazo un acuerdo justo. Quisiera equivocarme y hay que propiciar
que todos (pero una iniciativa fiable debe partir del más fuerte,
esto es, Israel) trabajen para lograrlo. Es preciso reiterar que, sin
justicia y equilibrio, ningún pacto perdurará. En cualquier caso y
mientras se obtiene una atmósfera favorable que lo posibilite, la opinión
pública debe tener en cuenta: a) Hay un ocupante y un ocupado; b) No nos
hallamos ante dos ejércitos regulares de dos Estados que combaten entre sí;
c) No se trata de lograr un alto el fuego entre dos combatientes iguales,
uno de los cuales -ante la desmesurada capacidad bélica del otro- es prácticamente
virtual; d) La cuestión no estriba en que Israel 'haga concesiones', sino
en que devuelva territorios que ocupa ilegalmente, algo reconocido por
Naciones Unidas, por la mayoría de la tan cacareada comunidad
internacional y por el propio Israel después de Oslo; e) No es cierto que
Israel 'haya devuelto' determinados territorios y que Arafat haga oídos
sordos. Los negociadores palestinos estaban hartos de escuchar del equipo
Barak promesas que luego no se concretaban, pretendidas seguridades sobre
repliegues del Ejército israelí que jamás llegaron a realizarse.
Ariel Sharon llegó al Gobierno con la promesa de que pondría fin
a la inseguridad que suponía la Intifada Al Aqsa desatada por los
palestinos. Como se recordará, tal sublevación se inició como
consecuencia de los muertos causados por los israelíes cuando, en octubre
de 2000, ejerciendo su derecho a la provocación, Sharon se presentó,
rodeado de miles de policías, en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén
Este donde rezaban los fieles musulmanes. La política de aplastamiento
sin contemplaciones que está llevando a cabo el primer ministro israelí
no podrá traer la seguridad para sus conciudadanos salvo que liquide físicamente
a los millones de palestinos que viven dentro y fuera de Palestina. Y
probablemente conseguirá incrementar hasta límites insostenibles el odio
y el rencor de la sociedad palestina e islámica hacia los judíos, dentro
y fuera de Israel. Odio ya suficientemente acendrado debido a las
numerosas medidas extremadamente represivas para con los palestinos o a
otras provocadoramente indulgentes hacia israelíes que han asesinado a
palestinos. Como muestra de las primeras, la demolición de numerosas
casas palestinas, incluidas las de las familias de todo supuesto
terrorista. Comportamiento desproporcionado y cruel y que atenta contra el
principio jurídico de que únicamente la persona que comete un delito es
responsable de sus actos. La doble vara de medir quedó en evidencia en
1994 cuando un colono judío asesinó a 29 palestinos en Hebrón y
-afortunadamente- no se actuó contra la vivienda de la familia del
asesino. Por otra parte, tal como resalta el diario israelí Maariv
(22-1-01), una peculiar concepción de la indulgencia hace que el
asesinato a sangre fría de un niño palestino por otro colono israelí en
1996 acabe de ser zanjado por un tribunal de Jerusalén condenando al
criminal a seis meses de trabajos sociales.
La historia demuestra fehacientemente que es imposible establecer
una cultura de la tolerancia en una sociedad sujeta a ocupación militar.
El conflicto de Oriente próximo no es cuestión baladí y cuando se
llegue a algún tipo de acuerdo permanente, el odio tardará en
desaparecer y la desconfianza mutua probablemente persistirá durante
largo tiempo. Es urgente seguir buscando el pacto -si bien con las
condiciones y cautelas que expongo en este artículo- porque cuanto antes
se selle un razonable entendimiento antes comenzará la cuenta atrás del
proceso de buena voluntad y educativo que embarque a las futuras
generaciones de israelíes y palestinos en la ingente empresa de aceptarse
mutuamente y de prosperar en vecindad. Generaciones futuras que harán
bien en estudiar su historia de estos meses, años y décadas, porque,
como dice John Elliott, la ignorancia conduce, precisamente, al recelo y
al odio.
|