LA GRAN LIMPIEZA ÉTNICA
Según cifras de las Naciones Unidas, existen
en la actualidad 3,5 millones de refugiados palestinos en el mundo. En
esta cifra se incluyen los palestinos expulsados de Palestina‑y sus
descendientes‑durante el conflicto árabe israelí de 1948‑49
y la guerra de 1967. La mayoría de estos refugiados pasaron a vivir, tras
su expulsión, en campos situados en la Franja de Gaza, Cisjordania,
Jordania, Líbano y Siria. Otros refugiados han salido de Oriente Medio,
especialmente hacia países europeos, EEUU y Canadá.
Las autoridades israelíes rehúsan reconocer
el principio del derecho del retorno para los refugiados palestinos y sus
descendientes porque ello equivaldría a aceptar la responsabilidad histórica
de la limpieza étnica llevada a cabo por Israel. Además, sostienen que
la vuelta de estos refugiados significaría el fin de la mayoría judía
dentro de Israel, algo que es visto, por los sionistas, como una amenaza
para la futura supervivencia de su Estado.
El anterior presidente estadounidense Bill
Clinton, propuso en su último plan, pocos días antes de abandonar la
Casa Blanca, que Israel aceptara a 100.000 refugiados como parte de una
política de reagrupación familiar. Otros cientos de miles de refugiados
irían a vivir en Cisjordania y Gaza y un Fondo de Compensación
internacional se encargaría de proporcionar una indemnización económica
para el resto. Sin embargo, la propuesta de Clinton no contemplaba el
retorno como un derecho fundamental colectivo del pueblo palestino.
Pese a lo limitado de la propuesta de Clinton,
ella fue considerada inaceptable por la élite política israelí, que sólo
ha dado su conformidad a la vuelta de un puñado de palestinos. Israel
tampoco acepta el retorno de los refugiados a Cisjordania y Gaza, con la
excusa de que un influjo masivo de refugiados crearía en un futuro un
estado palestino muy densamente poblado en sus fronteras.
La gran limpieza étnica del pueblo palestino
dio comienzo en 1948, tras el establecimiento del Estado de Israel. El
lema sionista era "una tierra sin pueblo para un pueblo sin
tierra". La falsedad de esta afirmación era manifiesta, pues
ignoraba la realidad de la existencia de millones de palestinos. Ello pone
de manifiesto los principios racistas y antidemocráticos del sionismo,
sobre los que se basó la creación del Estado de Israel, que significan
la negación de cualquier tipo de derecho a la población no judía, a la
que es lícito robar e incluso asesinar.
Las grandes potencias de la época, y en
particular EEUU, vieron en el establecimiento del Estado de Israel un
medio para asegurar sus propios intereses estratégicos en la región.
Esto permitió la aprobación en la ONU, en noviembre de 1947, de la
resolución 147 que dividía a Palestina ‑sin contar para nada con
la opinión de su pueblo‑, en dos estados: uno palestino y otro judío.
En mayo de 1948, Ben Gurion (que se convertiría posteriormente en primer
ministro) proclamó oficialmente el Estado de Israel. Posteriormente,
estalló la primera guerra árabe‑israelí de 1948‑49.
Los israelíes gozaban de una amplia
superioridad militar, armados como estaban con armas checas, cortesía de
la URSS, y norteamericanas. De este modo, se apoderaron no sólo de los
territorios incluidos en la resolución de la ONU, sino también de parte
de Jerusalén y el Neguev, lo cual les permitió ampliar su territorio un
tercio más de lo que establecía la citada resolución.
Hay que señalar también que los sionistas
pudieron apoderarse del área central de lo que hoy es Israel, entre otras
cosas, porque las tropas del rey jordano Abdullah, conducidas por
oficiales británicos, evacuaron la zona sin contar con los demás ejércitos
árabes. Esto llevó a que otras tropas árabes, especialmente las
egipcias, quedaran bloqueadas y fueran fácilmente derrotadas. Por otro
lado, el rey Abdullah eliminó cualquier posibilidad de que los palestinos
establecieran un Estado sobre el territorio que no ha sido conquistado por
Israel al anexionar Cisjordania, Jerusalén Este y la Ciudad Vieja.
Egipto, por su parte, tomó a su cargo la administración de Gaza.
De la entidad de la limpieza étnica que fue
llevada a cabo en Palestina hablan las cifras. En 1947, según un censo
británico, existían 1.303.000 palestinos y 580.000 judíos. Dos años más
tarde, sólo quedaban 200.000 palestinos en el territorio que se había
convertido oficialmente en el Estado de Israel. Las cifras de la apropiación
de tierra palestina por los sionistas en ese periodo
son incluso más dramáticas. En 1946, los judíos poseían menos
del 12%, de las tierras que pasarían a constituir el Estado de Israel. En
1949, el 77% de estas tierras estaba ya en manos de los judíos.
Aunque algunos palestinos se marcharon de sus
localidades huyendo de los combates, la inmensa mayoría lo hicieron como
consecuencia de las matanzas y acciones de grupos terroristas judíos como
la Hagana, Irgun o Stern, que tenían precisamente como objetivo el
expulsar a los palestinos de sus tierras para repoblarlas con colonos judíos.
Uno de los más notorios incidentes fue la
masacre de Deir Yassin donde 250 hombres, mujeres y niños fueron
asesinados a sangre fría por el grupo Irgun de Menahem Begin (que más
tarde utilizaría tales credenciales para conseguir convertirse en primer
ministro de Israel). Otros historiadores, como Benny Morris, afirman que
esta masacre no fue perpetrada solamente por el Irgun sino también por
otros grupos judíos como la Hagana. Posteriormente, los israelíes
construyeron Givat Shaul, en la actualidad un suburbio de Jerusalén,
sobre las ruinas de DeirYassin.
La masacre de Deir Yassin fue una parte de un
plan sionista global que perseguía el vaciar a Palestina de su población
autóctona. Según Morris, la brutalidad y el terror empleado por los
sionistas tuvieron "una repercusión más duradera que cualquier otro
acontecimiento de la guerra, en orden a precipitar la huida de los
residentes árabes de Palestina".
Una Comisión de Conciliación establecida por
la ONU estimó que el 80% de la tierra ganada por los judíos fue tomada
por la fuerza. En 1950 el Estado de Israel legalizó la apropiación de
tierras a través de la Ley de Propiedad de Ausentes ‑que impedía
además el retorno de sus legítimos propietarios palestinos‑, la
Ley de Propiedad del Estado y la Ley de Ordenación de Adquisición de
Tierras para Propósitos Públicos. En su libro Pity the Nation, el
periodista británico Robert Fisk, explica en detalle los efectos que
tuvieron estas leyes sobre la propiedad de la tierra. Fisk señala que el
70%, aproximadamente, de las tierras de Israel tienen un dueño palestino,
al que se ha privado de sus derechos. Cuando el libro fue publicado en
Gran Bretaña, provocó una protesta de Israel y de los judíos sionistas
de ese país.
Las autoridades israelíes han tratado hipócritamente
de convencer al mundo de que los palestinos se fueron "por su propia
voluntad" o "incitados por algunos líderes árabes". Su
maquinaria de propaganda trabajó muy duro para tratar de presentar a
Palestina como "un país vacío". La propia Golda Meir, primera
ministra de Israel, llegó a afirmar en una ocasión que "los
palestinos no existen". Cualquier crítica contra los crímenes
israelíes o su limpieza étnica en Palestina fue calificada como
"antisemitismo" por los propagandistas sionistas.
Por otro lado, se estableció una fuerte
censura en el interior de Israel acerca de los crímenes y el expolio
llevados a cabo contra los palestinos. Incluso los propios líderes del
Estado judío fueron objeto de censura. Así por ejemplo, las memorias del
primer ministro Yitzhak Rabin, publicadas en 1979, fueron censuradas.
Concretamente, fue suprimido un pasaje en el que Rabin mencionaba una
reunión que él y Yigal Allon, otro oficial judío de la Brigada Harel,
mantuvieron con Ben Gurion. Durante dicho encuentro le preguntaron a éste:
"¿Qué hacemos con la población (palestina)?", Ben Gurión
hizo un gesto con la mano que indicaba: "Expulsadles".
Consecuentemente, los soldados israelíes cercaron a unos 50.000 árabes
de las ciudades de Lod y Ramallah y los expulsaron de allí. Algunos de
ellos tuvieron que caminar hasta 15 kilómetros para abandonar el nuevo
"territorio israelí'. Uno de estos palestinos fue George Habash, que
más tarde se convertiría en el líder del Frente Popular para la
Liberación de Palestina. El propio Rabin califica aquella operación como
"dura y cruel", pero defiende la "necesidad de su realización".
Este pasaje fue cortado en el libro porque demostraba que la expulsión de
los palestinos había sido sancionada al más alto nivel.
Tras el fin de la guerra de 1948‑49,
mediante un cese del fuego patrocinado por EEUU, Israel presentó el
crecimiento de su territorio como un.táit accompli (política que
pretendería repetir más adelante). Los gobernantes sionistas se negaron,
sin embargo, a fijar sus fronteras, ya que su intención era la de
expandir aún más su estado a costa de los palestinos. Una resolución de
la ONU de diciembre de 1948, declaró que los palestinos desplazados tenían
derecho a escoger entre la repatriación o la compensación económica.
Otra resolución estableció que Jerusalén quedase bajo una administración
internacional, bajo el control de las Naciones Unidas, pero el gobierno
israelí la ignoró y trasladó sus oficinas de Tel Aviv a Jerusalén
Occidental.
En una reunión del gabinete israelí
realizada en junio de 1948, el primer ministro Ben Gurión manifestó que
"él retorno de los refugiados palestinos debe ser impedido". El
entonces ministro de Relaciones Exteriores, Moshe Sharret, declaró, en el
mismo sentido, que "nuestra política debe ser la de impedir su
regreso". Con estas declaraciones, estos líderes israelíes estaban
sancionando el destino de 800.000 refugiados palestinos. Ellos y sus
familias se convertirían a partir de entonces en refugiados permanentes.
Mientras tanto, los sionistas aprobaron la así
llamada Ley del Retorno, que permite a los judíos de cualquier parte del
mundo instalarse y vivir en el territorio de lo que hoy se conoce como el
Estado de Israel. Las autoridades israelíes multiplicaron también su
propaganda, dirigida a los judíos de todo el mundo, y, así, entre 1948 y
1952 la población judía en Israel se duplicó.
Los medios para conseguir
"convencer" a los judíos de la necesidad de esta inmigración
no fueron muy diferentes a los utilizados para llevar a cabo la limpieza
étnica de los palestinos. El caso concreto de los judíos iraquíes es
muy conocido, y ha sido documentado en varios libros (ver The Jewish Éxodos
from Iraq 1948‑1951, de Moshe Gat, y Operation Babylon, de Shlomi
Hillel). El movimiento sionista, respaldado por el Mossad, envió agentes
provocadores al extranjero para crear las "condiciones" que
empujaran a los judíos a abandonar sus hogares y emigrar a Israel. Estas
actividades incluyeron la colocación de bombas en sinagogas y otros
lugares públicos judíos, de las que se responsabilizó después a los árabes.
Como resultado de estas acciones del Mossad, 120.000 judíos ‑casi
la totalidad de la comunidad hebrea en Irak‑ tuvieron que abandonar
su país para ir a establecerse en Israel. Hasta ese momento los judíos
habían vivido pacíficamente en Irak durante 2.500 años.
Sin embargo, no todos los judíos iraquíes se
fueron a Israel. Unos pocos privilegiados, que tenían dinero y
relaciones, se fueron a Occidente. La gran mayoría, sin embargo, terminó
viviendo en algunos campos de refugiados dentro de Israel donde apenas había
comida y medicinas, en espera de que fueran levantadas algunas
"ciudades de desarrollo" sobre las ruinas de las localidades
palestinas.
En los años siguientes, comunidades enteras
de judíos de todo el Oriente Medio y el Norte de África, que no estaban
interesadas en la ideología sionista y que no tenían que hacer frente a
problemas de antisemitismo o discriminación alguna, se fueron a Israel,
donde pasaron a constituir la mayoría de la población.
La amplitud y rapidez de esta inmigración judía
no dejan dudas de que existió una colaboración entre Israel y algunos
dirigentes árabes en orden a posibilitar su realización. Esta colaboración
fue la que permitió al rey Hassan II de Marruecos contar con la ayuda del
Mossad israelí para eliminar ¿al opositor Ben Barka en 1965, y a las
fuerzas realistas en Yemen recibir apoyo militar de Israel en su guerra
civil contra los republicanos, respaldados por el Egipto de Nasser. Esto
muestra que, a pesar de la retórica antiisraelí de algunos regímenes árabes,
éstos permitieron, con sus acciones, que el estado sionista se
consolidara y desarrollara.
En la actualidad, Israel cuenta con una
población de 6 millones de habitantes, incluyendo más de un millón de
rusos que huyeron de su país tras el derrumbe de la Unión Soviética. Se
cree que la mayoría de éstos últimos no son ni siquiera judíos, pero
llegaron a Israel haciéndose pasar por tales para irritación de las
autoridades religiosas judías.
Este enorme crecimiento de la población
israelíes la mejor prueba de la falsedad de las afirmaciones de que no
existe espacio físico dentro de Israel para albergar a los palestinos que
regresen. Los pocos palestinos que han quedado en Israel ‑los así
llamados árabesisraelíes‑ son ciudadanos de segunda clase, al
carecer de los mismos derechos que los ciudadanos judíos. El 93% de la
tierra de Israel está actualmente en manos de éstos últimos. Las leyes
israelíes no sólo han convertido a millones de palestinos en refugiados,
sino que continúan actuando para quitar a los árabes que permanecen en
Israel la propiedad de la poca tierra que aún les queda.
Tras la guerra de 1967,cuando Israel se apoderó
de Jerusalén Este, Cisisjordania, Gaza y los Altos del
Golan sirios, miles de palestinos se
convirtieron en refugiados por segunda vez, al tener que huir hacia
Jordania y el Líbano. Muchos pueblos palestinos fueron arrasados por el
Ejército israelí y sus habitantes, expulsados.
El autor árabe‑israelí, Nur Masalha,
ha descrito en su libro, Una tierra sin un pueblo: Israel, el Traslado
y los Palestinos, 1949‑96, la forma en la que los
sionistas planearon y llevaron a cabo su plan para vaciar la "Tierra
Prometida" de sus habitantes nativos. Masalha explica que esta política
continuó hasta mucho después de la guerra de 1948‑49 c implicó no
sólo a los políticos y militares de Israel, sino también a sus
intelectuales. Ella incluía masacres, traslados forzosos de población y,
como en el caso de Kefir Qasim, demoliciones de casas y expulsiones.
A las pocas semanas de finalizar la guerra de
1967, el gobierno laborista de aquel entonces estableció los primeros
asentamientos indios en los territorios ocupados. Un historiador israelí,
Zeev Sternhell, escribe en su libro Los mitos fundacionales de Israel:
"A pesar de la impresión que algunos de los fundadores del
movimiento laborista han intentado crear, la realidad es que todos en la
coalición (de gobierno) estaban de acuerdo en la aplicación de una política
del fait accompli en los territorios ocupados. Pese a las
divisiones existentes en el Mapai (Partido Laborista) desde
mediados de los años cuarenta, la familia del Mapai permaneció
fiel a la doctrina de no ceder nunca una posición o un territorio a menos
que Israel fuera obligado a ello por una tuerza superior".
Según Sternhell, el entonces primer ministro
Levi Eshkol temía las consecuencias de tales acciones, pero no tenía
alternativa ideológica que ofrecer al argumento sionista de que si los
judíos habían arrebatado a los árabes las ciudades de Tel Aviv y Haifa
podían hacer lo mismo con Nablus o Hebrón Stcrnhell afirma también que
Golda Meir, que sucedió a Eshkol en el cargo de primer ministro, fue
escogida precisamente por su apoyo incondicional a la política sionista
de la creación de asentamientos. Meir prohibió que se utilizara el término
"movimiento nacional palestino" o "estado palestino"
en la televisión y la radio públicas de Israel.
El gobierno israelí promulgó cientos de
"leyes de ocupación" que contravenían directamente no sólo
los términos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las
Naciones Unidas, sino también las convenciones de Ginebra. Estas
violaciones de los derechos humanos básicos, que todavía siguen teniendo
lugar, incluyen la detención administrativa, las expropiaciones masivas
de tierras, los traslados forzosos de población y la tortura.
Áreas enteras de los territorios ocupados
sufrieron una limpieza étnica que supuso la expulsión de su población
palestina con el fin de dejar espacio a los colonos israelíes, que eran
en muchos casos inmigrantes recién llegados a Palestina. La mayoría de
ellos eran celotas fanáticos empeñados en colonizar Cisjordania, a la
que denominaban con el nombre bíblico de Judea y Samaria. Esta política
de colonización pudo ser llevada a cabo gracias a los subsidios económicos
del gobierno israelí. Estos asentamientos continuaron construyéndose
incluso después de que dieran comienzo las negociaciones de Oslo entre
israelíes y palestinos en 1993. El objetivo de esta política era la de
transformar el balance demográfico existente en Cisjordania y Jerusalén
en favor de los judíos.
Como resultado de la guerra de 1967 y de la
represión de los militares israelíes, muchos palestinos huyeron a
Jordania. Posteriormente, algunos de ellos perecerían durante la campaña
lanzada en 1972 por el Rey Hussein, ayudado por Israel, contra la
resistencia palestina ‑suceso éste que pasó a ser conocido con el
nombre de Septiembre Negro, y se refugiaron en el Líbano.
Las invasiones israelíes del Líbano en 1978
y 1982 forzaron ulteriores desplazamientos, ya que muchos palestinos
tuvieron que abandonar sus hogares en el sur del país para refugiarse en
Beirut, que fue posteriormente sitiada y sometida a fuertes bombardeos por
parte de Israel, durante varias semanas. De este modo, muchos palestinos
se convirtieron en refugiados varias veces consecutivas. Los 18 años de
ocupación israelí en el Líbano estuvieron acompañados de frecuentes
bombardeos aéreos que destruyeron incontables hogares y pueblos árabes.
Dentro de Jerusalén, "la eterna e
indivisible capital de Israel", como gustaban en llamar los
gobernantes sionistas, fueron puestas en práctica toda una serie de
normas discriminatorias cuyo objetivo era el de realizar una limpieza étnica
de la población palestina que residía en la ciudad. Estas normas continúan
en vigor en la actualidad. Para empezar, los palestinos residentes en la
ciudad pierden sus derechos de residencia si no son capaces de probar que
Jerusalén es "el centro de su vida". Esta pérdida de los
derechos de residencia significa la expulsión de Jerusalén y la
deportación a una localidad de Cisjordania, desde la que no es posible
acceder a la ciudad.
El inicio de las negociaciones entre Israel y
la Autoridad Nacional Palestina no cambió la situación de los
refugiados. Los políticos laboristas Shimon Peres ‑que jugó un
papel importante en el proceso de negociación del acuerdo de Oslo‑
y Yitzhak Rabin ‑que firmó los acuerdos‑ no accedieron a la
negociación porque reconocieran la legitimidad de los derechos nacionales
palestinos, sino porque un acuerdo de paz con éstos parecía la solución
más favorable a los propios intereses de Israel. La política de Oslo fue
posponer la resolución de las cuestiones más difíciles‑la de los
refugiados y el estatus de Jerusalén‑ para más adelante y abordar
en primer lugar el tema de las fronteras y la evacuación de Gaza y
Cisjordania por el Ejército israelí.
Sin embargo, esta
postura acerca de cuáles eran los intereses a largo plazo del Estado judío
no era compartida por la derecha israelí ni por la mayor parte de la
población judía, que seguía manteniendo un sentimiento fanático de
odio a los palestinos y una creencia en la superioridad de los judíos y
en su "derecho" a seguir apoderándose de más tierras. Estos
puntos de vista eran compartidos por buena parte de los afiliados y
votantes del Partido Laborista. En realidad, la relación entre los
laboristas, el movimiento pacifista y los ultraortodoxos judíos son mucho
mayores de lo que pueda parecer. Todos ellos comparten la misma visión bíblica
mesiánica de la que hacen derivar sus reivindicaciones sobre el
territorio palestino.
El historiador liberal israelí Benny Morris, que ha expuesto bastante correctamente la forma
en la que Israel ha expulsado a los palestinos de sus hogares con el fin
de construir el Estado de Israel, es un ejemplo de esto. Su perspectiva
sionista no le permite ver las implicaciones que se desprenden de una
forma lógica de su propio trabajo. Morris escribió en el periódico inglés
The Guardian un artículo en el que atacaba a los palestinos por
negarse a aceptar las condiciones razonables de Clinton y Barak. Él
concluía su escrito diciendo: "Casi todos los judíos israelíes,
incluyéndome a mí, creemos que sean cuáles sean los aciertos y errores
de 1948, y sea quién sea el culpable de la creación del problema de los
refugiados palestinos, una solución que con temple su repatriación a
Israel significaría la destrucción del Estado judío". Así pues, a
pesar de haber descrito en sus trabajos, la forma en fue llevada a cabo la
limpieza étnica del pueblo palestino por los sionistas, Morris no puede
aceptar que esa injusticia histórica sea reparada permitiendo el regreso
de los refugiados a sus hogares, ya que esto pondría
en peligro, según él, el carácter judío del Estado de Israel.
El tema de los refugiados ha hecho saltar en
pedazos la afirmación sionista de que el Estado de Israel fue establecido
en una tierra sin pueblo. También muestra el carácter antidemocrático
de dicho estado y su inviabilidad a largo plazo. Israel no puede ser
considerado como una sociedad libre, comprometida con la igualdad social y
el desarrollo equitativo de todos los segmentos de población que la
componen. El Estado sionista encierra dentro de su propia concepción una
discriminación basada en la pertenencia a una etnia o una creencia
religiosa y ello crea una situación permanentemente inestable y
explosiva.
La trágica ironía es que los judíos israelíes,
que afirman haber huido de países donde sufrían persecuciones, han
construido un estado basándose precisamente en el brutal aplastamiento de
todos los derechos fundamentales de otro pueblo, el palestino. Los
sionistas han recreado paradójicamente en Israel las mismas condiciones
de discriminación y opresión que obligaron a huir de Europa a toda una
generación de judíos.
Extraído de la Revista Amanecer
números de Marzo y Abril 2001
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