|
Palestina: Intentarlo una y otra
vez
Edward W. Said
El País
El esfuerzo final
estadounidense para hacer que Yasir Arafat acabe con la existencia
soberana de su pueblo lleva la pesada impronta no sólo del grupo de presión
israelí de EE UU, sino también del estilo político de Bill Clinton.
Decir de las propuestas "para tender puentes" de Clinton, como
se las ha denominado eufemísticamente, que son una especie de paz
cocinada como la comida rápida es escatimar, e incluso infravalorar, su
mala y malévola presentación. A lo que más se parecen, con su
capciosidad de todo uso, su fanfarronería antihistórica y la urgencia
egoísta de su estilo, es a Clinton sentado en su escritorio, con una mano
sujetando el teléfono contra la oreja y con la otra aferrando un trozo de
pizza que engulle a mordiscos, incluso mientras sus distintos empleados,
recaudadores de fondos, sobornadores, compinches y amiguetes del golf
revolotean a su alrededor concediendo (y recibiendo) favores, préstamos,
becas, tratos, hipotecas y cotilleos.
Por consiguiente, difícilmente será éste un final
adecuado para una lucha que ha costado cientos de miles de vidas y
riquezas incalculables durante más de cien años. Presentándolo con un
lenguaje que destila (hablo como maestro de los usos y abusos del
lenguaje) una considerable cantidad de necedad desdeñosa combinada con
una falta de precisión, Clinton propone lo que, a todos los efectos, es
un refrito de la intención israelí de perpetuar su control sobre las
vidas y la tierra de los palestinos durante todo el futuro previsible. La
premisa que subyace es que Israel necesita que lo protejan de los
palestinos, y no viceversa. Y hay un fallo en todo el asunto: que a Israel
no sólo se le están perdonando sus 33 años de ocupación, sus 52 años
de oprimir y desposeer a todo el pueblo palestino y sus innumerables
brutalidades y actos inhumanos con los palestinos, como individuos y como
colectivo, sino que se le premia con cosas como la anexión de la mejor
tierra de Cisjordania y Gaza, un arrendamiento largo (y sin duda barato)
del valle del Jordán, y la anexión de la mayor parte del Este de Jerusalén
para remate, además de puestos de alarma temprana en los territorios
palestinos, más control de todas las fronteras palestinas (que sólo podrán
ser con Israel, no con ningún otro Estado), más todas las carreteras y
el suministro de agua, más la cancelación de todos los derechos de
retorno e indemnización de los refugiados, excepto si Israel lo considera
oportuno. En cuanto al famoso intercambio de tierras por el que Israel
renuncia magnánimamente a un trocito del desierto del Negev a cambio de
los más selectos pedazos de Cisjordania y Gaza, Clinton hace la vista
gorda ante el hecho de que, casualmente, esa zona en particular del
desierto de Negev asignada por Israel ha sido utilizada como vertedero de
residuos tóxicos. Además, teniendo en cuenta las peculiares divisiones
que seccionan el este de Jerusalén -y que de todas formas son todas
territorio anexionado ilegalmente- y los tres (en lugar de cuatro)
cantones en los que se dividirán los territorios ocupados cedidos con
condiciones por Israel, todo lo que se ha descrito como una propuesta
decisiva de Estados Unidos prácticamente se evapora en el aire. Lo que
les queda a los palestinos son unos sacrificios materiales que hacen que
las "concesiones" israelíes parezcan un juego de niños.
Los sacrificios exigidos por Clinton son, por supuesto,
una cancelación del derecho palestino al retorno de los refugiados e,
igual de estupendo, una declaración palestina del final del conflicto con
Israel. Para empezar, el derecho al retorno de los refugiados (el derecho
a una vida segura en el lugar que uno elija) es un derecho garantizado no
sólo por las resoluciones de Naciones Unidas, sino también por la Carta
de la ONU y la Declaración Universal de Derechos Humanos. La fórmula de
Clinton para obviar este pequeño inconveniente revela la visión del
mundo que tiene este hombre: "Creo que tendremos que adoptar una
formulación del derecho de retorno que aclare que no hay en sí un
derecho específico de retorno a Israel, pero que no niegue la aspiración
de los palestinos a volver a la zona". ¿A qué zona? Irak, Jordania
y Siria, por ejemplo, se podrían describir fácilmente como
pertenecientes "a la zona". ¿A quién cree Clinton que está
engañando? ¿Por qué pretender confundir a los palestinos de forma
transparente e intencionada con los términos "la zona", si lo
que se quiere decir en realidad es que no se les permite el derecho a
volver al país del que fueron expulsados de hecho?
Como Clinton sabe muy bien (es abogado de profesión),
no puede haber ningún tipo de negociación en lo que respecta a los
derechos humanos; según las mismísimas leyes que EE UU pretende proteger
cuando bombardea algún país indefenso como Sudán o el Irak de después
de la guerra del Golfo, nadie puede modificar o negar ninguno de los
derechos esenciales del hombre. Más aún, es imposible, por ejemplo,
defender en unos casos los derechos contra la discriminación, o el
derecho a trabajar, y en otros no. Los derechos humanos básicos no son
elementos de un menú, que pueden ser elegidos o rechazados a voluntad;
están pensados para que tengan la estabilidad que les da la aceptación
universal, especialmente la de los miembros de la Carta de Naciones
Unidas. Es cierto que el ponerlos en práctica siempre supone un gran
problema, pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que existen como
derechos tanto si se ponen en práctica como si no, y por tanto, no pueden
ser abrogados, modificados o, como Clinton parece creer, formulados de
nuevo.
Del mismo modo, el derecho del refugiado a elegir el
lugar de residencia también es inalienable e innegociable. Ni Arafat, ni
Clinton, ni, desde luego, Barak tienen el menor derecho a trapichear con
él, ni a intentar con embustes descarados "volver a definirlo"
de una manera que convenga a Israel, o repudiarlo en modo alguno. ¿Por qué
siempre tiene que ser Israel una excepción y por qué se les pide siempre
a los palestinos que acepten cosas que nunca antes se han pedido a ningún
pueblo que aceptara? Me parece una indecencia que Clinton, que fue a la
guerra arrastrando con él a toda la OTAN, y que destruyó Serbia en el
proceso, en nombre del derecho al retorno de los albanokosovares, pida
después a los palestinos que renuncien al suyo.
El segundo tema es recordar que Israel, que con
incansable obstinación sigue negando cualquier responsabilidad por la
expropiación de los palestinos, mantiene una Ley del Retorno indiscutida
para cualquier judío en cualquier lugar del mundo. Cómo puede seguir
haciendo esto y negarse con chulería de rufián a discutir siquiera un
derecho palestino similar es algo que desafía a la lógica, por no hablar
de un elemental juego limpio. También está el asunto de la indemnización,
no sólo por las enormes pérdidas de 1948, sino por los 33 años de
expoliación y explotación que trajo la sempiterna ocupación militar.
Bill Clinton quiere que todo esto se omita, como si por no decir una
palabra acerca de la reparación todo el asunto fuera a desaparecer. Suena
muy condescendiente decirle a los palestinos que Israel farfullará
algunas palabras acerca de que comprende, o incluso reconoce, sus
sufrimientos, y se largará sin mencionar siquiera la responsabilidad. ¿A
quién se supone que aplacará esta fórmula propagandística típica de
los años cincuenta? ¿A Israel o a la Agencia Judía?
Pero Arafat fue, de hecho, a Washington en respuesta a
la convocatoria de Clinton, y siendo como es, probablemente no aceptará
ni negará nada de plano: se deshará en palabrería, maniobrará, irá y
vendrá, y aceptará con condiciones, mientras más y más palestinos
sacrifican su vida y, lo que es casi igual de importante, su sustento,
para nada.
Durante las últimas semanas he intentado de todas las
formas a mi alcance que Arafat, por una vez en su larga hegemonía sobre
los asuntos palestinos, se dirija a su pueblo con honestidad,
directamente, de una forma franca. Pero persiste en su silencio, y sus
asesores y asociados también revolotean a su alrededor, impotentes para
influir en él o para pensar en algo que suponga una alternativa. Pero yo
quiero decir una vez más que necesitamos una nueva clase de liderazgo,
uno capaz de movilizar e inspirar a toda la nación palestina; ya estamos
hartos de visitas fugaces a El Cairo, Rabat y Washington, hartos de
mentiras y retórica engañosa, hartos de corrupción y de incompetencia,
hartos de seguir tirando a expensas del pueblo, hartos de servilismo ante
los estadounidenses, hartos de decisiones estúpidas y de vacilación e
incompetencia criminales. Está claro que, independientemente de lo que
suceda ahora, se achacará la culpa a los palestinos: profetas sionistas
descarados como Thomas Friedman, de The New York Times, que no tiene una
sola palabra de crítica para la brutalidad israelí y sigue reclamando
que los árabes reconozcan su conexión "orgánica" a Palestina
como judío, sin reconocer jamás que ese derecho entró en vigor con la
conquista y la expropiación al por mayor de los palestinos; reprenderán
a los palestinos por destruir la paz y seguirán transmitiendo sus
verdades a medias en los medios de comunicación estadounidenses, pero
todo ello será en vano. Tanto si les gusta a él y a sus asociados como
si no, Israel sólo tendrá paz cuando se reconozca por primera vez que se
ha violado el derecho palestino, y cuando haya remordimiento y contrición
donde ahora sólo hay arrogancia y bravatas retóricas.
Nuestro primer deber como palestinos es cerrar este capítulo
de Oslo de la forma más expeditiva posible y volver a nuestro principal
cometido, que consiste en elaborar una estrategia de liberación que tenga
sus metas claras y esté bien definida en la práctica. Para esto
tendremos que asociarnos en algún momento con israelíes y judíos de la
diáspora que piensan como nosotros y que entienden que no se puede tener
paz con el pueblo palestino y al mismo tiempo ocupación y expropiación.
El apartheid en Suráfrica fue derrotado sólo porque tanto negros como
blancos lucharon contra él. El que la OLP haya pensado durante mucho
tiempo que podía lograr la paz con Israel y de alguna manera tolerar la
ocupación es sólo uno de sus muchos errores tácticos y estratégicos.
Ahora está surgiendo una nueva generación que ya no respeta los viejos
tabúes y que no tolerará la lamentable "flexibilidad" que ha
dado a la liberación palestina la categoría de un signo de interrogación
en vez de la de un faro de esperanza.
Sobre el terreno se dan dos realidades contradictorias,
en las que fracasarán las charlas del Washington de Clinton. Una es que
no hay ninguna forma fácil de contener la energía liberada por la
Intifada en un futuro previsible: la protesta palestina ante lo que se
forjó en Oslo es una protesta contra todos los aspectos del statu quo. La
segunda realidad es que, tanto si nos gusta como si no, la Palestina histórica
es ahora una realidad binacional que sufre la devastación del apartheid.
Eso tiene que acabar y debe comenzar pronto una era de libertad para árabes
y judíos. Nos corresponde a nosotros proporcionar la señalización para
una nueva era porque si no, es fácil prever más y más años de lucha
costosa y estéril.
Edward W. Said es ensayista palestino, autor, entre
otros libros, de Orientalismo y profesor de la Universidad de Columbia.
© Edward W. Said.
9 de Enero de 2001
|