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HISTORIA
PROFANA DE ISRAEL:
EDWARD
SAID
La palabra "profano" tiene en nuestro
idioma un significado claro y preciso: "Que no es sagrado ni
sirve a usos sagrados, sino puramente secular". Una
"historia profana" sería entonces una redundancia si
nuestro mundo occidental posrománico o cristiano no hubiese sido
el resultado de una profunda enemistad entre dos niveles de
existencia: la sociedad eclesiástica (el poder espiritual) y la
sociedad política (o "civil"), o el poder temporal.
Por lo tanto: ¿Es posible escribir una historia profana de
Israel? En otras palabras: ¿Existe una historia de Israel fuera
del texto mítico del Antiguo Testamento? Los arqueólogos e
historiadores dan, unánimemente, una respuesta negativa a esta
pregunta. Si la historia de Israel, desde la barbarie de las
primitivas tribus hebreas (que llegan muy tardíamente al Canaán
bíblico) hasta el día de hoy, quedara limitada a datos puramente
físicos y/o documentales, esa historia sería sin duda alguna tan
insignificante que no valdría la pena escribirla.
Por lo tanto la única historia posible de Israel es la historia mítica
de Israel. Aquella historia que comienza con un falseamiento de
fechas y la creación arbitraria de personajes (como es el caso de
los Profetas, a los que se les hace vivir diez siglos antes de la
escritura de los primeros Libros del AT), y termina con un
"Holocausto rodeado de misterio", como dice Elie Wiesel.
El "Holocausto", como toda la historia mítica de
Israel, "...está más allá de la Historia, en verdad, fuera
de ella, desafía a la vez el conocimiento y la descripción, no
puede ser ni explicado ni visualizado, no puede jamás ser
comprendido ni transmitido... es una mutación a escala cósmica".
El Holocausto es, por ello, la coronación consustancial de la
historia mítica de Israel. "La historia de Israel es
historia sagrada, historia del pueblo elegido por Dios para
recoger su palabra y preparar el advenimiento de su reino... La
historia de Israel adquiere en consecuencia un carácter único
que no es susceptible de explicación con criterios meramente humanos"
(Antonio Truyol y Serra, Historia de la Filosofía del Derecho y
del Estado).
Estamos entonces enfrentados ante un grave problema. Habría, en
principio, una imposibilidad teológica para escribir una historia
(profana) de Israel. Lo que implica el reconocimiento de que todos
los actos de ese pueblo son excepcionales, es decir, están
inspirados en y son realizados por un mandato divino. Todos sus
actos, especialmente los políticos y sobre todo los militares.
Así el Estado de Israel actual, el primitivo "Hogar
Nacional" que surge con la "partición de
Palestina", debería ser estudiado no a través de la
historia concreta real sino a partir de una decisión sagrada, o
divina. Los hombres, los actores de la historia, serían meros
agentes de una Voluntad Superior. El Estado de Israel no puede
estar sujeto a las leyes humanas porque es el producto final del
excepcionalismo judío. Los judíos son antológicamente excepcionales.
Dios no es sólo el único "propietario" del Heretz
Israel (la Tierra de Israel según el "mapa" del Antiguo
Testamento), es también su único monarca. La política judía -
la del Estado de Israel - es la consecuencia natural del monoteísmo
hebreo. Dios se expresó primero por mediación de Moisés y,
luego, por los "jueces", que son caudillos político-religiosos
expresamente señalados por Dios. Finalmente el verdadero gobierno
lo ejerció una teocracia, en nombre de Yahvé.
Un día aparecen en escena lo que en términos contemporáneos son
los judíos laicos o "socialsionistas". Es decir, los
descendientes de Filón de Alejandría, el primer
"intelectual" judío helenizado. Cuando los judíos ya
instalados en Canaán (a sangre y fuego, Josué) le piden a Samuel
un "rey normal", "como todas las naciones", se
origina una exigencia política de nuevo tipo: una atenuación del
vínculo directo entre Yahvé y su pueblo. La respuesta de Yahvé
la expresa su profeta Samuel (I Sam., VIII, 7). Le permite a su
pueblo adoptar la institución monárquica, en la medida que los
reyes queden sometidos a su Ley. Cuando el rey se aparte de ella
quedará sometido al dedo acusador de los sacerdotes, es decir,
los teócratas serán los únicos intérpretes de la ira de Yahvé.
Es un esquema muy actual porque dentro de él se realizó el último
magnicidio: el asesinato del general Rabin. Pero tanto con reyes
como con generales, Dios y no el pueblo es la única fuente de
poder legítima en el judaísmo. ¿Puede una democracia judía
sustentarse a largo plazo? En otras palabras: ¿Puede una
democracia laica judía legitimarse en los designios de Dios?
Ahora bien, ¿Qué sería Israel sin el judaísmo? En última
instancia todos los discursos políticos en Israel, hoy, y desde
su fundación como Estado, remiten al Antiguo Testamento. En
cuestiones vitales como la posesión de la tierra, el AT es en
definitiva una escritura de propiedad, un documento jurídico y un
permiso económico que le permite, a un judío polaco, o ruso, que
llega por primera vez a "tierra santa", adueñarse de
tierras, propiedades y fortunas que antes de la Decisión
Superior, y durante miles de años con anterioridad a la llegada
de las primeras tribus hebreas, pertenecían a los antiguos
habitantes cananeo-palestinos. Es evidente que no estamos en
presencia de un simple colonialismo, en especial porque el Antiguo
Testamento, ese registro de propiedad exclusivo de los judíos es
al mismo tiempo una "licencia para matar".
Se podría aceptar incluso que el Estado de Israel tenga derechos
sagrados sobre el territorio que hoy ocupa. Pero sólo en la
medida exacta en que ese Estado sobreviva como Estado confesional
fuera y alejado de la llamada "comunidad internacional"
de nacionales normales, es decir, no excepcionales, y basado
exclusivamente en un Derecho Teológico. Si, en cambio, dentro de
la población de ese Estado pretende sobrevivir, como es el caso
actual, una importante población laica, los "derechos"
de ese Estado sobre una tierra "sagrada" caducarían
automáticamente. En buena lógica, sólo los creyentes (los
hassedin) podrían disfrutar de un derecho de propiedad otorgado
por Dios. ¿Cómo un no creyente podría disfrutar de ese derecho?
Por lo tanto la laicización del Estado de Israel obligaría a
todos los habitantes de ese Estado a retornar a la historia real
concreta y a sujetarse a leyes positivas y no divinas, incluidas
las leyes de la guerra. Lo primero, entonces, sería abandonar las
tierras cananeas palestinas y propiciar el retorno a ellas de los
expulsados, a sangre y fuego, entre 1947 y 1949.
Si Yahvé es el vértice de la historia, se podría entender que
sus seguidores gozaran de "derechos especiales", en la
medida que aceptemos la excepcionalidad judía: es decir la
superioridad judía basada en una excepcionalidad ontológica.
Pero un judío laico no puede pretender derechos especiales, no es
superior a un gentil cualquiera. ¿Cuál es el papel de los judíos
laicos en la "tierra prometida", o "santa"? ¿Con
qué justificación reemplazó a los primitivos habitantes árabes
de esas tierra?
Estamos así en origen de una guerra civil judía. Y no sólo de
una guerra judía-árabe.
Exceptuando el caso de Israel, tanto el concepto de
"historia" como el de "historiografía" se han
edificado bajo el signo de lo profano; no podría ser de otra
manera desde el momento en que es preciso excluir causas divinas o
sobrenaturales en el devenir humano, porque tales causas podrían
introducir un elevado nivel de arbitrariedad en los análisis.
Especialmente cuando la historia de las religiones nos señala la
existencia de dioses nacionales, o nacionalistas, como es el caso
de Yahvé.
Es sabido que en Occidente la disociación entre los dos niveles
de la existencia (el sagrado, o eclesial; y el profano, o político)
fue el producto del lento proceso de penetración del cristianismo
sobre las estructuras geopolíticas y administrativas del Imperio
Romano. En el mundo antiguo-pagano no había ni podía haber
división entre Estado e Iglesia o Iglesias. El mundo antiguo
precristiano era una comunidad total de vida, que abarcaba a la
religión como parte de la política. La unidad interna entre lo
profano y lo divino de ese mundo antiguo, desde sus orígenes
hasta hoy conocidos, se desarrolló y se mantuvo por lo menos
durante unos 16 milenios, o sea 160 siglos, hasta aproximadamente
el siglo III dC. El mundo disociado, esquizofrénico, de Occidente
es, por lo tanto, un producto novísimo.
La penetración del cristianismo en Roma es el origen de la
dualidad que invade la vida occidental, y la causa final de que la
conducta internacional de ciertos Estados sólo pueda ser
explicada a nivel "sagrado", es decir, mítico. Con la
lenta cristianización del Imperio, el nivel divino adquiere una
representación institucional que antes no tenía. La vida
espiritual de los hombres queda bajo la autoridad de una Iglesia
que se desprende de la autoridad temporal, y las más de las
veces, a partir de allí, la enfrenta y la combate. Por oposición
al "monismo" del mundo antiguo, nace el mundo moderno.
Cristianismo e Imperio son dos historias paralelas durante unos
tres siglos, aproximadamente (es bien sabido que la conversión de
los paganos no es ni simultánea ni automática y que además es
muy tardía no sólo en los vastos espacios germánicos, incluidos
los ya romanizados). San Pablo escribe su Epístola a los Romanos
en tiempos de Nerón, al que se supone un tiempo de persecución
de los cristianos, según la historia legendaria que es en esencia
una historia cristianizante (o judeo-cristiana).
Los cristianos quieren apoderarse de un Imperio intacto: habían
constatado la inutilidad del revolucionarismo y del secesionismo
judío (Flavio Josefo, La guerra de los judíos). El monoteísmo
abrahámico, judío o yahvesiano en su origen, había tropezado
con la política, en este caso, con la realidad militar del
Imperio. El exjudío Pablo, en cambio, es el príncipe de la
estrategia. Sabe que no puede ni debe competir con el Imperio:
sabe que en principio debe darse al César lo que es del César;
pero sólo en principio.
Si el cristianismo no se hubiese apoderado del Imperio, su hermano
mayor, el judaísmo, tampoco hubiese sobrevivido. Es esencialmente
falsa la idea de un cristianismo tradicional
"antisemita". Sin un cristianismo convertido en
"religión oficial" primero, y en oposición sistemática
(al poder temporal) después, no existiría ni el recuerdo del
monoteísmo en el mundo occidental.
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