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Oriente Próximo en un callejón sin salida
EDWARD W. SAID
Ante
las bombas y mísiles cayendo sobre Afganistán en esa destrucción de gran
altura que es la operación Libertad Duradera de EE. UU, la cuestión palestina
puede parecer tangencial. Pero sería un error pensar así. Y no sólo porque
Osama Bin Laden y sus seguidores (nadie sabe cuántos son en la teoría o en la
práctica) hayan intentado apropiarse Palestina como componente retórico de su
inmoral campaña de terror. También lo ha hecho Israel para sus propios fines.
Con el asesinato del ministro Rahavam Zeevi el 17 de octubre como represalia del
Frente Popular por el asesinato de su líder por Israel el pasado agosto, la
campaña del general Sharon contra la Autoridad Palestina, a la que considera el
Bin Laden de Israel, se ha elevado a cotas casi histéricas.
Israel ha estado
asesinando líderes y militantes palestinos (más de 60 hasta la fecha) en los
últimos meses, y no podía sorprenderle que sus métodos ilegales provocaran
antes o después una represalia de la misma especie. Pero por qué una serie de
asesinatos es aceptable y otra no es una pregunta que Israel y los que le apoyan
son incapaces de responder. Y así, la violencia continúa, la ocupación de
Israel se vuelve más mortífera y mucho más destructiva y causa un sufrimiento
inmenso a la población civil. En el periodo del 18 al 21 de octubre, seis
ciudades palestinas volvieron a ser ocupadas por las fuerzas israelíes, cinco
activistas palestinos más fueron asesinados, además de 21 civiles muertos y
160 heridos, se impuso el toque de queda por doquier e Israel tiene el descaro
de compararlo con la guerra de EE UU contra Afganistán y el terrorismo.
Por ello, la
frustración y la sensación de callejón sin salida a las apremiantes quejas de
un pueblo que lleva 53 años desposeído y 34 años de ocupación militar han
ido más allá del campo normal de batalla y, quiérase o no, están ligados de
múltiples formas a la guerra global contra el terrorismo. Israel y los que le
apoyan tienen miedo a que EE UU les venda, mientras insisten, de forma
contradictoria, en que Israel no es la cuestión en la nueva guerra. Palestinos,
árabes y musulmanes en general han sentido inquietud o una culpabilidad
paralizante por la asociación que, en el ámbito público y a pesar de los
esfuerzos de líderes políticos, vincula a Bin Laden, el islam y los árabes:
pero ellos también siguen refiriéndose a Palestina como el gran nexo simbólico
de su desafecto.
Sin embargo, en el
Washington oficial, George Bush y Colin Powell han dicho sin ambigüedades más
de una vez que la autodeterminación de Palestina es una cuestión importante,
incluso central. La turbulencia de la guerra y sus desconocidas dimensiones y
complicaciones (es probable que sus consecuencias en sitios como Arabia Saudí y
Egipto sean dramáticas) han agitado todo Oriente Próximo de un modo tan
sorprendente que es seguro que cobre importancia la necesidad de algún cambio
auténticamente positivo en la condición de siete millones de palestinos sin
Estado, a pesar de la actual evidencia de cosas bastante desesperanzadoras en el
atolladero actual. Lo principal es si EE UU y las partes en conflicto van a
recurrir sólo a las medidas provisionales que nos trajo el desastroso acuerdo
de Oslo.
La experiencia
inmediata de la Intifada de Aqsa ha universalizado la impotencia y exasperación
árabes y musulmanas hasta un grado desconocido. Los medios de comunicación
occidentales no han transmitido en absoluto el dolor y la humillación
aplastantes que impone Israel a los palestinos con sus castigos colectivos, la
demolición de sus casas, su invasión de las áreas palestinas, sus bombardeos
aéreos y sus asesinatos, como sí lo han hecho las emisiones nocturnas de la
cadena Al-Jazira, o los admirables reportajes en Ha'Aretz de la
periodista israelí Amira Hass y otros analistas como ella. Al mismo tiempo,
creo, entre los árabes existe el convencimiento generalizado de que los
palestinos (y, por extensión, el resto de los árabes) han sido
irremediablemente denigrados y engañados por sus líderes. Un visible abismo
separa a los acicalados negociadores que hacen declaraciones en lujosos entornos
y el polvoriento infierno de las calles de Nablús, Jenin, Hebrón y los demás
territorios. La escolarización es insuficiente; el paro y la pobreza han
alcanzado cotas alarmantes; la angustia y la inseguridad pueblan el ambiente,
con gobiernos que son incapaces o no están dispuestos a frenar el ascenso del
extremismo islámico y la flagrante corrupción que hay en los altos niveles. Y
sobre todo, se deja solos en la lucha a los valientes que defienden la
secularización, que protestan por los abusos contra los derechos humanos, que
luchan contra la tiranía clerical e intentan hablar y actuar en nombre de un
nuevo orden árabe democrático y moderno, no tienen apoyo de la cultura oficial
y sus libros y sus carreras se arrojan a veces como carnaza para esa ira islámica
que se va acumulando. Un malsano nubarrón de mediocridad e incompetencia se
cierne sobre todos, y ello ha dado origen a un pensamiento mágico y/o a un
culto por la muerte más acusados que nunca.
Sé que se suele
afirmar que los atentados suicidas con bombas son resultado de la frustración y
la desesperación, o que son producto de la patología criminal de fanáticos
religiosos. Pero no es correcto. Los terroristas suicidas de Nueva York y
Washington eran de clase media, estaban muy lejos de ser analfabetos y eran
perfectamente capaces de una planificación moderna y audaz, así como de una
destrucción aterradoramente deliberada. Los jóvenes enviados por Hamás y la
Yihad Islámica hacen lo que se les dice con una convicción que da a entender
que tienen claro el propósito, aunque no mucho más. El auténtico culpable es
una educación primaria lamentablemente poco sistematizada, hecha a base de
remiendos del Corán, con ejercicios maquinales basados en libros de texto
trasnochados de hace 50 años, clases inútilmente largas, maestros
lamentablemente mal equipados y una incapacidad casi total para el pensamiento
crítico. Junto con unos ejércitos árabes excesivamente grandes -lastrados por
un equipamiento inservible y sin constancia de ningún logro positivo-, este
anticuado aparato educativo ha producido unos extraños fallos en la lógica y
en el razonamiento moral, y una escasa valoración de la vida humana, que llevan
a brotes de entusiasmo religioso de la peor especie o a una adoración servil al
poder.
Similares faltas de lógica
y de vión se dan en el lado de Israel. Es alucinante que haya llegado a parecer
moralmente posible, e incluso justificable, que Israel defienda y mantenga su
ocupación de 34 años, pero incluso los intelectuales israelíes que están por
la 'paz' permanecen obcecados en la supuesta ausencia de un sector de paz
palestino, olvidando que un pueblo ocupado no se puede permitir, como su
invasor, el lujo de decidir si existe o no un interlocutor. Entretanto, la
ocupación militar se considera algo aceptable y apenas se menciona; el
terrorismo palestino se convierte en causa y no en efecto de la violencia, a
pesar de que uno de los bandos posee un moderno arsenal militar (suministrado
incondicionalmente por EE UU) y el otro, sin Estado, está prácticamente
indefenso, salvajemente perseguido y encerrado como un rebaño en 160 pequeños
cantones, con las escuelas cerradas y una vida imposible. Y lo peor: diariamente
hay palestinos heridos y asesinados y aumentan los asentamientos israelíes y
los 400.000 colonos que salpican sin tregua el paisaje palestino.
Un informe reciente
publicado por Paz Ahora en Israel afirma lo siguiente:
1.
A finales de junio de 2001 había 6.593 viviendas en distintas etapas de
construcción en los asentamientos.
2.
Durante el Gobierno de Barak se comenzaron a construir 6.045 viviendas en los
asentamientos. De hecho, la construcción en los asentamientos en el año 2000
alcanzó la cota más alta desde 1992, con 4.499 obras empezadas.
3.
Cuando los acuerdos de Oslo había 32.750 viviendas en los asentamientos. Desde
entonces se han construido 20.371 más, es decir, se han incrementdo un 62%.
En esencia, la posición
israelí es totalmente irreconciliable con lo que desea el Estado judío: paz y
seguridad. Todo lo que hace no garantiza ni la una ni la otra.
EE UU ha suscrito la
intransigencia y brutalidad de Israel, no hay otra forma de interpretarlo:
92.000 millones de dólares y apoyo político ilimitado, para que todo el mundo
lo vea. Curiosamente, esto era aún más cierto durante el proceso de Oslo, no
antes ni después. La verdad pura y dura es que el antiamericanismo en el mundo
árabe y musulmán está ligado directamente a la conducta de EE UU, que
sermonea al mundo sobre la democracia y la justicia mientras apoya abiertamente
lo contrario. También hay una indudable ignorancia acerca de ese país en el
mundo árabe y musulmán, y una tendencia demasiado marcada a utilizar diatribas
retóricas y la condena general radical, en lugar del análisis racional y la
comprensión crítica de EE UU. Lo mismo pasa respecto a la actitud árabe hacia
Israel.
Tanto los gobiernos
como los intelectuales árabes han fracasado en este tema en cuestiones
importantes. Los gobiernos no han dedicado ni tiempo ni recursos a una enérgica
política cultural que ofrezca una imagen adecuada de su cultura, tradición y
sociedad contemporánea, con el resultado de que estas cosas son desconocidas en
Occidente y no han modificado el retrato de los árabes y musulmanes como gente
violenta y fanática del sexo. El fracaso intelectual no es menor. Es
sencillamente incorrecto seguir repitiendo clichés de lucha y resistencia que
implican un programa de acción militar cuando ninguna de ellas es posible ni
realmente deseable. Nuestra defensa contra las políticas injustas es moral.
Primero debemos ocupar el territorio moral y después promover la comprensión
de esta posición en Israel y EE UU, algo que no hemos hecho nunca. Nos hemos
negado a la interacción y el debate, llamándolos despectivamente normalización
y colaboración. Negarse a la transigencia en el planteamiento de nuestra justa
postura (que es lo que yo pido) no puede ser considerado de ningún modo una
concesión, sobre todo cuando se hace directa y enérgicamente ante el invasor o
el autor de políticas injustas de ocupación y represalia.
¿Por qué tenemos
miedo de enfrentarnos a nuestros opresores de forma directa, humana, persuasiva,
y por qué seguimos creyendo precisamente en vagas promesas ideológicas de
violencia redentora que tan poco difieren del veneno esparcido por Bin Laden y
los islamistas? La respuesta a nuestras necesidades está en una resistencia
basada en los principios, en la desobediencia civil bien organizada contra la
ocupación militar y el asentamiento ilegal, y un programa educativo que fomente
la coexistencia, la ciudadanía y el valor de la vida humana.
Pero ahora estamos en
un callejón sin salida intolerable, y hace falta algo más que un auténtico
retorno a las prácticamente abandonadas bases para la paz que se proclamaron en
Madrid en 1991, y las resoluciones de la ONU 242 y 332, paz a cambio de
territorios. No puede haber paz sin presionar a Israel para que se retire de los
Territorios Ocupados, incluyendo Jerusalén, y -como afirma el Informe Mitchell-
para que desmantele sus asentamientos. Esto, evidentemente, se puede hacer de
forma progresiva, con algún tipo de protección de emergencia a los indefensos
palestinos, pero ahora, desde el comienzo, debe ser remediado el gran fallo de
Oslo: la clara formulación del fin de la ocupación, la creación de un Estado
palestino viable y auténticamente independiente y la existencia de la paz por
medio del reconocimiento mutuo. Estas metas tienen que ser definidas como el objetivo
de las negociaciones, una luz que brille al final del túnel. Los negociadores
palestinos tienen que ser firmes con respecto a esto y no utilizar la reanudación
de las conversaciones -si es que deben comenzar ahora, en este ambiente de dura
guerra israelí contra el pueblo palestino- simplemente como una excusa para
volver a Oslo. Al final, sólo Estados Unidos puede reestablecer las
conversaciones, con el apoyo europeo, islámico, árabe y africano, pero debe
hacerse por medio de Naciones Unidas, que debe ser el principal patrocinador del
intento.
Y, dado que la lucha
entre palestinos e israelíes ha sido tan empobrecedora humanamente, yo propondría
una serie de importantes gestos simbólicos de reconocimiento y responsabilidad,
emprendidos tal vez bajo los auspicios de un Mandela o de un grupo de
pacificadores de credenciales impecables, que intentaran establecer la justicia
y la compasión como elementos esenciales del proceso. Desgraciadamente, quizá
sea cierto que ni Arafat ni Sharon están capacitados para tan alta empresa. La
escena política palestina debe revisarse de arriba abajo para que represente
sin fisuras aquello que todos los palestinos anhelan: paz con dignidad y
justicia y, lo que es más importante, una coexistencia decente y en pie de
igualdad con los judíos israelíes. Tenemos que ir más allá de las arengas
indignas, del desdichado respaldo a un líder que desde hace mucho tiempo no ha
estado ni remotamente cerca de los sacrificios de su pueblo, que sufre desde
hace mucho. Esto mismo es válido para los israelíes, que están pésimamente
dirigidos por el general Sharon y otros de su calaña. Necesitamos una visión
de futuro que pueda elevar el maltratado espíritu por encima del sórdido
presente, algo que no pueda fracasar cuando sea presentado sin vacilaciones como
aquello a lo que la gente necesita aspirar.
Edward W. Said es ensayista palestino, profesor de literatura comparada de la Universidad de Columbia.
El pais dia 27 - 10 - 2001