La palabra "Israel" tiene una resonancia poco
usual en inglés, sobre todo en los Estados Unidos. Escuchar como los
políticos repiten las consabidas letanías sobre el apoyo a Israel y cómo
hay que mantenerlo fuerte, se comprende que no se habla de un estado o
país real, sino más bien de alguna clase de idea o talismán, que
trasciende de lejos el estatus de cualquier otro estado o país en el
mundo.
Hace unas pocas semanas, la senadora Hillary Clinton
declaró públicamente que donaba 1250 dólares a los colonos israelíes
para que pudieran comprar más máscaras de gas y cascos, todo esto,
agregó solemnemente, sin una traza de la ironía o del humor negro que
merecía la situación, como parte de su compromiso para mantener a
Israel fuerte y seguro. Como era de esperar, por lo menos para aquellos
de nosotros que vivimos en EE.UU., se informó sobre este episodio como
si fuera algo normal, no algo singular o ridículo.
Periódicos como The New York Times y Washington
Post están repletos de columnistas tales como William Safire y
Charles Krauthammer, que en cualquier otro contexto parecerían estar
completamente chiflados. Ambos se han puesto a alardear sobre el
ejercicio de Sharon como jefe del gobierno de Israel, no porque haya
mostrado una propensión a la fuerza bruta y, en general, acciones estúpidamente
destructivas, sino que porque argumentan, sin reírse, que es la única
personalidad capaz de mostrar a los palestinos el tipo de razonamiento
disciplinario que va a hacerlos mantener el orden.
Propuso magnánimamente que se les diera un 42% de
Cisjordania, o tal vez un poco más, manteniendo todos los asentamientos
en poder de Israel, y rodeando los territorios palestinos con cercos
israelíes permanentes: ésta es una forma razonable y buena de
solucionar la Intifada. Dijo en una entrevista con el Jerusalem Post que
después de todo, "tenemos" un millón de árabes en Israel;
¿por qué no van a poder tolerar "ellos" (los palestinos) a
unos pocos cientos de miles de colonos israelíes? Y otra cosa más
sobre los defensores estadounidenses de Sharon. Lo que es fascinador es
cómo se arrogan, como estadounidenses, el derecho de decirle a Israel
lo que debiera hacer y pensar por su propio bien.
Por lo tanto se ha interiorizado a Israel como la fantasía
privada personal de cada uno de sus partidarios estadounidenses, o por
lo menos es lo que parecen sugerir las apariencias. Y sin embargo, los
judíos estadounidenses tienen una relación especial que les da
derecho, tal vez, a un mayor grado de participación en decirle a Israel
lo que debiera ser, y en particular, y ésta es la característica más
sorprendente de lo que estoy discutiendo, en lo que toca a temas de
seguridad. Nadie se preocupa de señalar que son los ciudadanos israelíes
los que están combatiendo y planificando, no los judíos a larga
distancia de la diáspora.
Todo es parte de la domesticación de Israel, que lo
mantiene lejos de la historia, y de las consecuencias de sus acciones.
Cuando uno se atreve a decir que Israel está acumulando odio y
sentimientos vengativos en todos los corazones árabes con sus
bombardeos y el castigo colectivo, se responde que uno está siendo
antisemita. La justicia y la sabiduría no tienen nada que ver, sólo lo
que se pretende que es (en el caso de los críticos árabes de Israel)
un odio insensato, profundamente arraigado, hacia los judíos.
Por ello es poco menos que milagroso que, a pesar de sus
años de ocupación militar, Israel nunca sea identificado con el
colonialismo o con las prácticas coloniales. Lo que me parece es el
mayor defecto de todos, tanto de la información y el discurso
palestinos, o incluso en el disenso israelí, es cuando emprenden la crítica
de la política del gobierno israelí. Hay un excelente análisis de
"¿Hasta Dónde Irá Sharon?" en el New York Review of
Books actual (con fecha 17 de mayo de 2001) por Avishai Margalit,
profesor de filosofía en la Universidad Hebrea, que es totalmente
diferente de los análisis estadounidenses de la situación: a) no
escatima palabras sobre el castigo colectivo contra los palestinos por
parte de Israel; y, b) no intenta embellecer la situación con
filigranas lingüísticas sobre la seguridad israelí, una costumbre
espantosa de intelectuales que sienten la necesidad de hablar como si
fueran generales, para tomarse en serio.
Mi única crítica a Margalit es que no es tajante y
pide un fin de la ocupación militar y el reconocimiento israelí de las
injusticias cometidas contra el pueblo palestino. Lo que se supone que
hagan los intelectuales, en lugar de hablar de políticas desde el punto
de vista de los políticos. Sea como sea, lo que es muy importante sobre
los escritos de Margalit en este caso es que desmitifica el aura de
Israel que ha sido edificado lentamente y estructurado cuidadosamente a
través de los años, para eliminar por completo a los palestinos de la
escena.
Por eso pienso que lo que el esfuerzo palestino por la
paz debe lograr es, ante todo, relacionar a Israel con sus hechos, y
concentrarse en terminar aquellas prácticas, en lugar de tratar de
llegar a un acuerdo con ellos, o hacer que se medie un tal acuerdo. Uno
de los defectos más graves cometidos en Oslo fue que la dirigencia de
la OLP (es decir Yasser Arafat) haya ignorado lo que Israel había
cometido como fuerza de ocupación, e incluso que haya ignorado el hecho
de la ocupación propiamente tal; uno no puede llegar a un acuerdo con
la ocupación, que es como un cáncer que continúa creciendo, a menos
que sea identificado, aislado, y atacado. La historia de Israel lo
prueba.
Para aquellos que dicen que Israel debe ser aceptado, la
única respuesta sana es preguntar de qué Israel estamos hablando, ya
que el país nunca ha tenido fronteras declaradas internacionalmente,
sino que continúa jugueteando interminablemente con su propio tamaño.
Ningún otro país, desde la Segunda Guerra Mundial, ha estado en
semejante posición, y no hay razón para permitir que eso continúe
interminablemente. La Paz se puede hacer sólo sobre la base de un
retiro total y el fin de la ocupación. Estos son asuntos concretos, y
no generales, que a menudo nos desvían de nuestro objetivo como pueblo
en busca de la autodeterminación.
Aunque puedo comprender el deseo de la dirigencia
palestina de hacer algo ahora para tratar de terminar con lo que es
obviamente una agotadora guerra de desgaste, también pienso que es
extremadamente inmoral y estúpido recomenzar simplemente las
negociaciones de Oslo, como si nada hubiera pasado. En septiembre de
1996, estalló una mini-intifada, después que Israel abrió
provocativamente un túnel bajo el Haram [Haram El Sharif (la Explanada
de las Mezquitas) en Jerusalén, N.d.T.], pero eso terminó con
numerosas muertes palestinas, y nada cambió ni en el terreno, ni en las
negociaciones. Bajo Barak, como apunta correctamente Margalit, la
construcción de asentamientos aumentó, combinada con toda clase de
dificultades para los palestinos.
¿Qué sentido tiene el que la OLP continúe los
inaguantables sufrimientos de su pueblo, sólo para que al Sr. Arafat se
le invite de nuevo a la Casa Blanca? No tiene ninguno, pero lo que me
sorprende es la actitud descarada de la Autoridad de continuar
simplemente con su palabrería de recomenzar las negociaciones, como si
no hubieran muerto 400 personas y como si 13 mil jamás hubieran sido
heridos. ¿No tienen ninguna dignidad estos dirigentes, ningún sentido
de la decencia o siquiera de su propia historia?
Por lo tanto parecería que la crueldad oficial de
Israel hacia los palestinos ha sido interiorizada, no sólo por los
sionistas extremos estadounidenses, el horrible Ariel Sharon, y el
establishment político israelí, sino que por la dirigencia palestina.
En su entrevista del 27 de abril en el Jerusalem Post, Sharon
repitió todo el tiempo que la Intifada consiste sólo de
"terrorismo" y así reduce toda la acción palestina, con
excepción del fin de la resistencia y de la renovada detención de los
activistas islámicos, como únicamente eso y nada más.
Para Arafat, negociar la paz con Sharon, sin eliminar la
palabra "terrorismo" de su vocabulario, equivale a aceptar la
ecuación de la lucha palestina contra la ocupación con el terrorismo,
y sin embargo, que yo sepa, no se está haciendo ningún esfuerzo
concentrado a través de la información y dirigiéndose a israelíes y
estadounidenses, por devolver realidad al discurso. La suposición lógica
parece ser: Israel-ocupación militar-resistencia palestina. Así que lo
que ahora debe ser el aspecto central en los esfuerzos árabes es
desbaratar e incluso destruir la ecuación, no presentar simplemente
argumentos abstractos sobre el Derecho al Retorno de los refugiados
palestinos.
El reingreso a la política de Sharon ha producido un
esfuerzo bastante consciente de su parte por devolver la escena a lo que
era en 1948, tratar de poner en escena de nuevo el conflicto de Israel
con los palestinos, como una batalla por la supervivencia misma de
Israel. Parece no haber tenido dificultades en encontrar apoyo para este
punto de vista atávico, extremadamente regresivo, entre algunos (pero
obviamente no todos los) israelíes, que han respondido a la idea no
declarada de que los judíos no pueden jamás vivir libres de persecución
y hostilidad. Para un extraño, una noción semejante parece tanto
improbable como indefendible. Porque habiendo establecido un estado que
en muchos sentidos es poderoso y exitoso, los judíos israelíes deberían
verse ahora en una posición excelente para mostrarse confiados y magnánimos
en su actitud hacia víctimas a las que han tratado de manera tan
injusta.
Pero lo que hacen es continuar escenificando de nuevo la
situación original en la que comenzaron por desposeer a los palestinos,
experimentando una vez más la hostilidad y la consternación que ellos
mismos causaron a otros, sintiendo, sin embargo, que el trauma fue suyo,
no de los palestinos. Sharon explota este terrible síndrome, un ejemplo
tan dramático como el más extremo que se pueda encontrar, de la
neurosis que Freud llamó la compulsión de repetir; uno vuelve una y
otra vez a la escena de su trauma original, consintiéndose la
permanencia bajo el control de un poderoso miedo neurótico, sin
aprovechar el consuelo ni de la razón, ni de la realidad.
Las políticas israelíes deben aparecer, por lo tanto,
como lo que son, en lugar de lo que sus propagandistas quisieran que
parecieran. Por ello, necesitamos los esfuerzos combinados de los
disidentes israelíes, así como de los intelectuales y ciudadanos
ordinarios árabes. Porque no sólo las corrupciones del idioma o de la
historia no examinada han infectado fatalmente el proceso de paz, sino
que parecen haber penetrado en el pensamiento mismo de dirigentes cuya
primera responsabilidad es hacia el pueblo que dirigen, en lugar que
hacia sus enemigos o sus supuestos patrones (en este caso, los EE.UU.)
Habría que aprender las enseñanzas apropiadas de las
observaciones hechas por Colin Powell a Israel, sobre su invasión a
Gaza. Básicamente estaba condenando la resistencia palestina, para
luego condenar la respuesta de Israel, como desproporcionada; esto está
muy lejos de la verdad, por cierto, y prolonga las distorsiones de la
percepción que han menoscabado nuestros argumentos como un pueblo
injustamente maltratado.
21de Octubre de 2001