Artículos de opinión

 

 

                                   

El precio de Camp David

Edward Said
Al-Ahram Weekly

 

Hace un año, Bill Clinton convocó a una reunión de los dirigentes de Israel y Palestina en el retiro presidencial de Camp David, para finalizar un acuerdo de paz para el que pensaba que estaban preparados. Subrayo el papel de Clinton en todo esto porque fue característico del hombre en el que los palestinos habían cifrado sus esperanzas, --lo habían saludado en Ramala y Gaza como un héroe, se habían deferido a él en toda ocasión--, que había reunido apresuradamente a los dos oponentes, bloqueados en una enrevesada lucha durante décadas, para poder decir por sus propios intereses egoístas que había sido el artífice de un logro histórico.

Yasir Arafat no quería ir. Ehud Barak fue sobre todo para arrancar una promesa de los palestinos que terminara el conflicto, y, lo que era más importante, que terminara con todas las reivindicaciones de los palestinos contra Israel (incluyendo el derecho al retorno de los refugiados), una vez que el proceso de Oslo hubiera concluido. . Clinton había sido siempre un oportunista en primer y último, un sionista en segundo, y un político patoso en tercer lugar. Los palestinos eran el lado más débil; estaban mal dirigidos e insuficientemente preparados. Clinton supuso que porque su mandato en el poder (y el de Barak), estaba llegando a su fin, podría producir una ceremonia de paz basada en la capitulación palestina, una ceremonia que consagraría para siempre su presidencia, borrando la memoria de Mónica Lewinsky y del creciente escándalo del perdón de Marc Rich.

Ese gran plan, por cierto, fracasó por completo. Incluso fuentes estadounidenses, publicadas recientemente apoyaron el argumento palestino de que la 'oferta generosa' de Barak, no era ni una oferta ni generosa. Robert Malley, un miembro del Consejo Nacional de Seguridad basado en la Casa Blanca de Clinton, ha publicado un informe sobre lo que ocurrió, y, aunque expresa una posición crítica hacia las tácticas palestinas durante la cumbre de Camp David, muestra claramente que Israel no estaba ni siquiera cerca de ofrecer lo que requerían los legítimos intereses nacionales de los palestinos. Pero Malley sólo habló en julio de 2001, todo un año después de que terminó la cumbre de Camp David, y un buen tiempo después de que la bien aceitada máquina de propaganda de Israel lanzó el coro, que ya es estándar en la actualidad, de que Arafat había rechazado maliciosamente la mejor oferta imaginable de Israel. Ese coro fue provocado por la repetida afirmación de Clinton de que, mientras Barak fue valeroso, Arafat no fue otra cosa que decepcionante. Y así se estableció desde entonces en el discurso público esa tesis, en considerable detrimento de Palestina. Pasó desapercibida la observación hecha por un esbirro de la información israelí de que después de Camp David y Taba, ningún palestino había jugado un papel coherente en la difusión de una versión palestina del descalabro. De esa manera, Israel se quedó en posesión de la escena, con efectos en la explotación y en la reacción que han sido virtualmente incalculables.

Tengo plena conciencia del daño que se está haciendo a la Intifada, como resultado del autorretrato de Israel, como un amante de la paz rechazado, en el otoño e invierno pasado. Hice llamados telefónicos al séquito de Arafat, apremiándolos para que convencieran a su líder de cómo Israel estaba aprovechándose del silencio palestino, que fue rápidamente establecido como el equivalente verbal de la violencia palestina. Oí que Arafat se mantuvo inflexible, que rehusó dirigirse a su pueblo, a los israelíes, o al mundo, sin duda esperando que el destino o sus propios poderes milagrosos de no-comunicación afectaran la campaña de desinformación israelí. En todo caso, mi presión fue inútil. Arafat y sus numerosos lacayos insistieron en su incompetencia, sin comprender, y, desde luego, en un silencio general.

En primer lugar, debemos culparnos a nosotros mismos. Ni nuestra dirigencia ni nuestros intelectuales parecen haber comprendido que hasta una valerosa insurrección anticolonial, no se explica por el hecho de existir, y que lo que nosotros (y los demás árabes) consideramos nuestro derecho a la resistencia, puede ser presentado por Israel como terrorismo o la violencia más carente de principios. Mientras tanto, Israel ha persuadido al mundo de que olvide su propia ocupación violenta y su castigo colectivo terrorista -sin hablar de su incontenible limpieza étnica- contra el pueblo palestino.

Por cierto, hemos empeorado las cosas para nuestra causa, al permitir que el inadecuado Arafat vaya y venga como le da la gana, sobre el tema de la violencia. Todo documento sobre los derechos humanos que haya sido formulado, reconoce el derecho de un pueblo a resistir la ocupación militar, la destrucción de casas y propiedad, y la expropiación de tierras para establecer asentamientos. Arafat y sus consejeros parecen no haber comprendido eso cuando entraron ciegamente en la dialéctica unilateral de Israel de violencia y terror -hablando verbalmente-en esencia habían renunciado a su derecho a la resistencia. En lugar de aclarar que toda renuncia a la resistencia tiene que ir acompañada por el retiro de Israel y / o que Israel renuncie a la ocupación, su dirigencia hizo vulnerable al pueblo palestino a las acusaciones de terror y de violencia. Todo lo que Israel hizo se convirtió en represalia. Todo lo que los palestinos hicieron fue o violencia o terror o (usualmente) las dos cosas. El espectáculo resultante de que un criminal de guerra como Sharon denunciara la 'violencia' palestina, es bastante repugnante.

Otra consecuencia de la ineptitud palestina fue que dejó que los así llamados activistas por la paz israelíes se salieran del atolladero, convirtiendo a esa triste colección de simpatizantes en aliados silenciosos del lamentable gobierno de Israel dirigido por Sharon. Unos pocos israelíes valientes y de principios como algunos de los Nuevos Historiadores -Jeff Halper, Michel Warschavsky, y sus grupos -constituyen una excepción. ¿Cuántas veces hemos escuchado a los 'peaceniks'despotricando sobre su "desilusión" por la "ingratitud" y la violencia palestina? ¿Con qué frecuencia les dice alguien que su papel es presionar a sus gobiernos para que terminen la ocupación y no (como siempre han hecho) tratar de perorar a un pueblo ocupado sobre su magnanimidad y sus esperanzas desilusionadas? ¿Hubiera habido alguien, fuera del francés más reaccionario, que en 1944 hubiera tolerado pedidos alemanes de ser "razonable" respecto a la ocupación alemana de Francia? No, por supuesto, no. Pero toleramos a los autoritarios proponentes de la "paz" israelíes que sigan y sigan hablando de lo "generoso" que ha sido Barak, sin recordarles que todos y cada uno de sus dirigentes han construido su reputación como asesino u opresor de árabes, desde 1948 hasta el presente. Ben-Gurión presidió sobre la Nakba [(Catástrofe) la expulsión de 800.000 palestinos para crear el Estado de Israel, N.d.T.]; Eshkol sobre las conquistas de 1967; Begin sobre Deir Yassin y Líbano; Rabin sobre las brutalidades contra la primera Intifada, y antes de eso, sobre la evacuación de 60.000 civiles palestinos indefensos de Ramleh y Lydda en 1948; Peres sobre la destrucción de Qana; Barak participó personalmente en el asesinato de dirigentes palestinos; Sharon dirigió la matanza de Qibya y fue responsable for Sabra y Shatila. El verdadero papel del campo de la paz israelí es hacer lo que nunca ha hecho seriamente, o sea reconocer todo eso e impedir nuevas atrocidades del ejército israelí y su fuerza aérea contra un pueblo desposeído y apátrida, no hacerse la vida fácil con consejos a los palestinos o expresar esperanzas y desilusiones al pueblo al que Israel ha oprimido durante medio siglo.

Pero una vez que la dirigencia palestina ha abandonado sus principios y pretendido que era un gran poder capaz de jugar al juego de las naciones, se buscó su propia suerte de nación débil, sin la soberanía ni el poder para reforzar sus gestos o sus tácticas. El Sr. Arafat está tan hipnotizado con su supuesta reputación como presidente, saltando de París a Londres, a Beijing, al Cairo, en una visita de estado sin sentido tras la otra, que ha olvidado que las armas a las que los débiles y los apátridas no pueden jamás renunciar, son sus principios y su pueblo. Ocupar, y defender interminablemente el más alto nivel moral; decir continuamente la verdad y recordar al mundo todo el panorama histórico; mantenerse firme respecto al derecho legítimo a la resistencia y a la restitución; movilizar al pueblo en todas partes en lugar de aparecer con gente como Chirac y Blair; no depender de los medios de comunicación ni de los israelíes, sino de sí mismo para decir la verdad. Eso es lo que los dirigentes palestinos olvidaron primero en Oslo y luego, de nuevo, en Camp David. ¿Cuándo asumiremos, como un pueblo, la responsabilidad por lo que, después de todo, es nuestro, y dejaremos de confiarnos en dirigentes que ya no tienen idea alguna de lo que están haciendo?

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6 de Agosto de 2001