Sharon y Bush, contra Árabes
y Americanos
Said
Alami
Una sombra de profundo temor y espeso
pesimismo envuelve en la actualidad la mayor parte de los países árabes
ante las no disimuladas intenciones del Gobierno de Israel, encabezado por
el genocida Sharon, de ir intensificando la escalada de represión contra
los palestinos en los territorios ocupados, llevando la confrontación
hasta sus últimas consecuencias. Los Gobiernos árabes no descartan, ante
esta actitud desafiante de Israel, el estallido de nueva guerra regional,
incluso creen, tal como ha quedado claro de las declaraciones realizadas
en los últimos días por algunos altos responsables árabes, que Israel
hará todo lo que haga falta para provocar esa guerra que, al parecer,
Sharon desea con urgencia pensando que le brindaría la oportunidad de
coronar su carrera militar-política con una sonada victoria sobre los árabes
y con nuevas conquistas territoriales para Israel.
Todo el mundo en Oriente Próximo sabe
quien es Sharon, un militar que sigue albergando el enfermizo sueño
sionista del Gran Israel, hecho este que él mismo no ha ocultado nunca.
Sharon es conocido por sus numerosas declaraciones a lo largo de los últimos
treinta años llamando a la expulsión del pueblo palestino de los
territorios ocupados. Es este energúmeno el autor de la famosa declaración
en la que venía a decir que “Judea, Samaria (Cisjordania) y Gaza serán
tierra de Israel por toda la eternidad”.
Durante su campaña electoral, tanto él
como sus secuaces no paraban de lanzar veladas amenazas contra Jordania,
Siria y Egipto, llegando incluso a amenazar con destruir la presa de Asuan
en Egipto, lo que provocó en su día ( a finales del pasado mes de enero)
encendidas declaraciones por parte del presidente Husni Mubarak en las que
se preguntaba reiteradamente, con rabia contenida, a que venían tantas
amenazas bélicas contra su país, y en las que aseguraba que Egipto y su
Ejército estarán prestos a defenderse eficazmente de cualquier ataque
israelí.
Según los principales medios de
comunicación árabes, en todas y cada una de las múltiples reuniones que
los jefes de Estado y de Gobierno árabes han ido celebrando en distintas
capitales árabes para preparar el temario de la cumbre árabe que se
iniciará dentro de 4 días (día 27 de marzo) en Amman, se ha discutido
exhaustivamente el tema de la hipotética guerra que Israel parece
decidida a hacer estallar en la región. De allí el interés de los
Gobiernos árabes en rehabilitar a Irak, cuanto antes, poniendo fin a las
diferencias existentes entre Bagdad y los países del Consejo de Cooperación
del Golfo. El propio Kuwait ha anunciado que sólo pide de Bagdad que pida
perdón por la invasión del territorio kuwaití en 1990 y que libere a
los más de 600 prisioneros kuwaitíes que aun permanecen en poder de
Irak. Kuwait también dejó claro que no se opondrá al acercamiento árabe
hacia Bagdad.
La visita de Sharon a Estados Unidos
vino a disparar los temores árabes y a confirmar sus sospechas de que la
próxima guerra regional está más cerca que nunca. El presidente Bush,
su secretario de Estado, Powell, y la Administración estadounidense en
general se han mostrado en absoluta concordancia con las intenciones
criminales de Sharon.
El primer ministro israelí, tanto
durante su campaña electoral como en los días que siguieron a su triunfo
electoral, no se cansaba de hacer declaraciones en las que invitaba a a la
Administración del presidente Bush a abandonar a su suerte el proceso de
paz en Oriente Próximo. O sea, de dar carta blanca al Ejército israelí
para que siga perpetrando sus crímenes impunemente contra el pueblo
palestino. A su vez, Bush, nada más hacer suya la Casa Blanca, se apresuró
a hacer declaraciones en las que dejaba claro que su presidencia no se iba
a implicar en el proceso de paz árabe-israelí como lo hizo a lo largo de
sus dos mandatos el presidente Clinton.
Las cosas quedaron así, hasta que
Sharon llegó a Estados Unidos y se encontró con Bush deseoso de
demostrarle que es el más fiel servidor de los intereses de Israel,
haciendo un doble anuncio, que sorprendió, según la Agencia France Press
(20 de marzo) al propio Sharon. Bush anunciaba por un lado el traslado de
la embajada de su país a de Tel Aviv a Jerusalén, y por otro lado dejaba
claro que su Administración no forzará la paz entre israelíes y
palestinos, dejando definitivamente de jugar el papel de principal
mediador entre las dos partes.
Ambos anuncios fueron recibidos con
sorpresa en el los países árabes, especialmente por haberse producido a
pocos días de la cumbre de Amman, con lo que eso podría de significar de
desafío a esa cumbre y al mundo árabe.
Bush comunicaba a Sharon su decisión de
trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén con una sonrisa de
oreja a oreja, diciéndole que él (Bush) sabe cumplir sus promesas
electorales, y una de ellas es el traslado de la embajada, a lo que Sharon
respondía con repetidas “gracias” sin salir de su asombro, pues ni él
mismo creía que semejante decisión sería posible algún día, por la
gran dosis de necedad que se requiere en el presidente estadounidense que
osa tomarla. El propio Sharon y los gobernantes israelíes que le
precedieron en el cargo, siempre creyeron que es imposible que toda esa
necedad llegue algún día a ocupar el despacho oval de la Casa Blanca.
Pero, miren por donde, con el primer
presidente estadounidense del siglo XXI, ha sido posible lo que parecía
imposible, lo mismo que sucedió en Israel, donde el primer mandatario del
siglo XXI ha roto moldes en su calidad de criminal de guerra, genocida y
sanguinario. Por lo tanto, ambas Administraciones, que han unido tan íntimamente
estupidez y criminalidad, se entenderán a las mil maravillas. Eso ha
hecho que la mayoría de los gobernantes árabes se instalen en un
lamentable estado de ansiedad y temor, tan entregados como están desde
hace décadas a la buena vida, a las guerras intestinas, a la servidumbre
de los intereses de Estados Unidos y al abandono de los intereses de sus
propios pueblos, incluidos sus intereses estratégicos, nacionales, históricos
y religiosos, que son, desde la firma de los acuerdos de paz de Camp
David, en 1978, sistemáticamente pisoteados por Israel.
Si Bush lleva a cabo finalmente su
decisión de trasladar su embajada a Jerusalén, los gobernantes árabes
quedarán tan en evidencia ante sus pueblos que tendrán, seguramente, que
enfrentarse a tiempos difíciles dentro de sus respectivos países, pues
quedarse con las manos cruzadas, (como vienen haciéndolo a pesar del
gigantesco incendio que en Palestina se extiende ante sus propias
ventanas) será muy difícil de justificar ante sus pueblos, casi
imposible.
El traslado de la embajada a Jerusalén,
precisamente a la parte árabe de la ciudad, ocupada por Israel desde 1967
y reconocida por la legalidad internacional, las resoluciones de la ONU, y
por Estados Unidos como territorio ocupado, había sido anunciado
previamente por el secretario de Estado Colin Powell, y había sido
decidido por el Congreso de Estados Unidos, lo que quiere decir que los
poderes ejecutivo y legislativo de Estados Unidos están tan fuertemente
amarrados por Israel, por el lobby judío estadounidense y por las fuerzas
sionistas, que Washington sólo puede aspirar, una vez llevado a cabo el
traslado, a ver destruidos, tarde o temprano, sus agentes y sus intereses
en la mayor parte del mundo árabe.
¿Que beneficios podría cosechar el
pueblo americano del traslado de su embajada de Tel Aviv a Jerusalén?.
Ninguno. ¿perjuicios?. Enormes. Por lo tanto, el traslado de la embajada
sería la prueba definitiva y última (no se requerirían más pruebas) de
que la Administración y el Congreso de Estados Unidos trabajan
intensamente contra los intereses de su propio país, sirviendo ciegamente
a los intereses de Israel.
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